ARNALDO MUÑOZ CASTILLO, DE CAMINO
Parece que la lírica es el género que mejor se presta a la expresión de los estados anímicos, a la confidencia del poeta. En este sentido, Hegel pudo decir en su Estética que “lo que constituye el contenido de la poesía lírica no es el desarrolllo de una acción objetiva..., sino el sujeto individual,y, por consiguiente, las situaciones y los objetos particulares, así como la manera en que el alma, con sus juicios subjetivos, sus dolores y sus sensaciones, cobra conciencia de sí misma en el seno de ese contenido”.
Estas afirmaciones son aplicables al cuarto libro de poemas de Arnaldo Muñoz Castillo, Aroma de palabra entre mil mundos (Lima, Ed. DRE, diciembre de 1997, 116 p.), amplio diálogo a solas del poeta, quien podría suscribir el verso de Machado, “Converso con el hombre que va siempre conmigo”. Con anterioridad, Muñoz publicó Voces de los buenos habitantes (1970), Fulgores en el valle de los camaleones (1971) y Universo inventado (1994). Revisando estos antecedentes, se puede apreciar que Muñoz posee una de esas raras cualidades que tienen los buenos artistas: no repetirse a sí mismo, explorar nuevas vetas y formas de expresión. Además, la poesía le ofrece la posibilidad de enmascarar sus propias confidencias, cubriendo sus versos con un halo de leve simbolismo.
Universo inventado, por nombrar un ejemplo, estaba enmarcado en el mundo de los objetos pequeños, de las cosas de todos los días, como el plumero, lápiz, colgador de ropa, atril, sartén, plancha, etc. entre los cuales el poeta establecía asociaciones sumamente ingeniosas e insospechadas.
Aroma de palabra entre mil mundos está construido de un modo muy distinto, bajo una tónica sosegada, con un ritmo pausado y meditativo. El poeta mira el mundo cotidiano y, al observarlo, se mira a sí mismo como alguien que participa de la humanidad y mortalidad. Son la contemplación y reflexión el punto de partida del acto de la escritura: “Al culminar el día, vuelve la soledad y /el silencio, como una extrema manera de calar /en el propio sentimiento./ Yo destilo milésimos de sal /y puedo descansar /pensando en el origen de los actos /... /y anticipándose al meollo del poema”.
Observa Sandro Chiri en las palabras prologales la constante utilización del verbo caminar. El poeta se encuentra siempre en tránsito, de camino -imagen parangonable al río de Heráclito, tiempo sucesivo que se puebla de luces y misterios, de encuentros y desencuentros.
Conocimiento del mundo, sorpresa del mundo. La mirada es nueva, prístina, como la mano que va tocando las cosas por vez primera. Como en las “Correspondencias” de Baudelaire, las palabras arrancan misteriosos nombres a los objetos: “Pienso que un enigma extiende sus ramajes /y toca el corazón, penetra en la lucidez / y en la misma voz /cuando la palabra invade.”
Al final del recorrido el poeta constata la marcha ineludible del tiempo que todo lo borra y carcome, buscando refugio en el ideal, en el verde tiempo de la esperanza: “¿Por qué no reconocer que el tiempo desgasta /y mi ser se desintegra? /Será mejor leer un libro de ilusiones o sumergirme /en las pulsaciones que exhibe la faz verde /del paraíso terrestre, /donde momentáneamente he levantado /mi tienda de campaña.”
Forjado en la fragua de las artes plásticas, la palabra de Arnaldo Muñoz Castillo es siempre cálida, llena de afecto, y sus ojos avisoran un futuro en el que no hay lugar para la desesperanza. El título del último poema resume este acto de fe en la vida: “Creedme, lo digo seguro de mí: a estas alturas el desamor no cabe”.