BRYCE ENTRE LAS SOMBRAS
Se encuentra en librerías la última novela del laureado escritor nacional Alfredo Bryce Echenique. “Reo de nocturnidad” (Peisa, 1997, 305 p.) ofrece mucho más de lo que el título promete: un conjunto de historias de humor y gracia, sin faltar espacio para la soledad y el desengaño.
La anterior lectura de sus novelas, llámense éstas Un mundo para Julius, Tantas veces Pedro, La vida exagerada de Martín Romaña, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, La última mudanza de Felipe Carrillo, Dos señoras conversan y No me esperen en abril, auguraban la presencia de un lenguaje coloquial, claro y diáfano, con una ternura y delicadeza no exentos de ironía. Veamos en qué medida se cumplen en la nueva entrega.
La historia de Max Gutiérrez, profesor de literatura comparada en la Universidad Paul Valery de Montpellier, está salpicada también por una buena dosis de humor e ironía, pero puede percibirse al mismo tiempo una cierta dosis de amargura y dolor. Bryce parece haber ingresado a la etapa de la vida donde ya no se cosechan amores, sino sólo se los recuerda.
La novela está construida en base a dos ejes semánticos básicos. Por un lado, el internamiento de Max Gutiérrez en una clínica psiquiátrica que abandona sólo dirigirse a la universidad, a su propio domicilio o al bar donde se reúnen sus amigos; en este sentido, a pesar de su continua frecuentación, vive una soledad angustiosa que se intensifica por las noches, con su imposibilidad de conciliar el sueño debatiéndose, de esta manera, en un permanente desvelo.
Por otro lado, la necesidad de la compañía y el trato frecuente de hermosas mujeres a través de historias en cierto modo truncas y, en algún caso, catastrófica. De todas estas relaciones destacan dos: una establecida con una muchacha italiana, Ornella (quien mantiene el hilo del relato por el carácter obsesivo que asume en la conciencia del narrador), y otra, con Claire, antigua alumna suya que se convertirá en transcriptora de todas sus frustradas experiencias. La inseguridad e insatisfacción se revela también en la necesidad constante de establecer nuevas experiencias; así Marie, Nadine Aureol, Nieves Solórzano.
A Max Gutiérrez le es inherente la felicidad. Enamorado del mundo, de las cosas simples, es, en esencia, un niño necesitado de cuidado y protección, un Julius grande a la caza de cariño. Esta búsqueda casi visceral se manifiesta también en el trato frecuente del grupo de amigos en la taberna de Bernard.
Su propia vida interior, tan problemática y llena de sobresaltos, se caracteriza por una presencia continua del insomio. Max Gutiérrez pasa horas interminables en la cama tratando de alcanzar unas gotas de sueño, que le son sistemáticamente negadas, conviertiéndose de esa manera, en un solitario ciudadano de la noche: “Un par de horas después ya estaba nuevamente en la calle, convertido en lo que realmente era: el prisionero de una ciudad dormida, un desesperado insomne para el que todas las calles y plazas, todas las callejuelas y todos los rincones de Montpellier eran pocos, un viejo y hasta ya experimentado reo de nocturnidad” (p. 264).
Seguramente este libro no es trascendente en la misma medida que significó “Julius”. Pero, si bien es cierto que los años no han disminuido la capacidad de convocatoria y gracia de sus personajes, hay que señalar igualmente la continua presencia de una dosis de desencanto y desilusión. Al igual que “Sólo para fumadores” de Ribeyro, “Reo de nocturnidad” está dedicado a los amantes de la noche y sus desvelos.