EL BARRIO Y LA ADOLESCENCIA
“Un siglo de ausencia” de Gabriel Niezen Matos
La novela del barrio, de la adolescencia, no ha tenido muchos cultivadores en el Perú. Enfrascados como están algunos en que para vender hay que tocar temas truculentos, de violencia, asesinatos y perversiones sexuales, se ha pasado por alto la edad de la amistad.
Uno de esos núcleos donde se gesta la primera convivencia es el “barrio” limeño. Aquí coinciden los jóvenes llegando a constituir una verdadera familia, paralela a la consanguínea suya. Dice Vargas Llosa en la nota preliminar a “Los cachorros” que el barrio era “una familia paralela, tribu mixta donde se aprendía a fumar, a bailar, a hacer deportes y a declarase a las chicas”. Puede abarcar incluso a quienes no viven en él, pero lo frecuentan. J. Joyce en el “Retrato del artista adolescente”, J. M. Arguedas en “Los ríos profundos” y el propio Vargas Llosa en “La ciudad y los perros”, han descrito algunas de esas formas de vida en los internados que dan a los jóvenes una nueva identidad y los configuran dentro de una estructura jerarquizada, verdadero sub-mundo con reglas y leyes propias.
El núcleo ambiental de “Un siglo de ausencia” (Rubicán editores, enero de 1998, 184 p.) de Gabriel Niezen Matos (Lima, 1946) no está circunscrito al ámbito del internado, sino en uno de los barrios de la Lima de los años sesenta: la Unidad Vecinal de Mirones.
La novela se inicia en la mitad de los acontecimientos. Macarena Esperanza, una adolescente, ha regresado a buscar a Arturo, para pedirle que vuelvan a ser enamorados después de un año de separación. Todo apunta a una conjunción de destinos. La indecisión de Arturo la lleva a optar por decisión extrema: el ingreso a un convento en la campiña arequipeña. Toda la novela mantendrá la disjunción, prolongando de manera persistente el deseo por el reencuentro. Su nombre es simbólico al respecto.
El caso de Oliverio, otro personaje, no es distinto. Está internado en la Escuela técnica de la policía de investigaciones, y aguarda con impaciencia la salida del fin de semana para reintegrarse no sólo con su familia, sino con los amigos. La estrecha convivencia y, sobre todo, la amistad de éstos los ha llevado a formar una institución. El “Club de ajedrez cuatro alfiles” (de una mayor practicidad al ideal “Club del pensamiento”, de la propuesta originaria) supone el deseo de los jóvenes por ocupar bien el tiempo y superarse intelectualmente. La inaguración del local es un acontecimiento para el barrio que congrega a todos los vecinos. Presiden la reunión el jefe de la comisaría, el párroco y el administrador de la Unidad Vecinal.
No es “Un siglo de ausencia” novela de personaje, sino de ambiente, de grupo. Con excepción de Macarena Esperanza, ninguno de los personajes está delineado con profundidad y detalle. Niezen retrata sus dudas, temores, la intensidad de su claro y puro amor por Arturo, la evolución de sus vivencias en el convento.
Pocas veces se ha escrito una novela con tanta naturalidad y alegría. La utilización constante de frases y giros locales pertenecientes al habla popular, los modismos de los años sesenta, le dan el sabor de época, pero, al mismo tiempo acercan la historia al lector. La escena final presenta a Macarena de retorno en Lima, abriendo el camino hacia el siguiente tomo que esperamos con impaciencia.