EL CAMINO ESCOGIDO
Naturalidad y sencillez -convicción y seguridad- impregnan las páginas de “Don y misterio” (Plaza & Janés, abril de 1997, 123 pp.), autobiografía del Papa Juan Pablo II, escrito con motivo del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal; aunque, en verdad hablando, no se ha propuesto Karol Wojtyla relatar los hechos pormenorizados de su vida, sino valerse de algunos de ellos para reflexionar sobre la vocación al sacerdocio.
La historia contemporánea de Polonia y la suya propia se encuentran estrechamente enlazadas. Nacido en 1920, a poco de haber obtenido Polonia su independencia, y cuando recién se aprestaba a iniciar el segundo año de estudios de Filología polaca en la Universidad Jaghellonica, estalló la segunda guerra mundial. El entonces estudiante que entendía que su vocación se inclinaba por la literatura y el teatro, se vio de pronto inmerso en la terrible conflagración. Juan Pablo elude en todo momento hacer referencia al dramatismo de aquellos momentos; dice simplemente que para evitar ser deportado a trabajos forzados en Alemania empezó a trabajar en una cantera como obrero. No hay nada de amargura en el relato; ni la pérdida de la madre a una edad muy temprana, ni la del hermano, ni la del padre, sumen al futuro Papa en la desesperación; por el contrario, comprende que son signos que le hacen ver el camino a seguir: “Un día lo percibí con mucha claridad: era como una iluminación interior que traía consigo la alegría y la seguridad de una nueva vocación. Y esta conciencia me llenó de una gran paz interior.”
Comienza a estudiar filosofía y teología en 1942 de manera clandestina y, poco después de finalizada la guerra, es ordenado sacerdote en 1946 y enviado a perfeccionar sus estudios a Roma. Su experiencia italiana y los posteriores viajes que realiza a Francia, Bélgica y Holanda le dan la oportunidad de conocer más de cerca a la Juventud Obrera Católica, al mismo tiempo que le permiten tener una visión más amplia de la realidad de la Iglesia. A su regreso a Polonia comienza el trabajo pastoral en diferentes parroquias.
La autobiografía propiamente dicha concluye en 1951 cuando se ve obligado a reducir su actividad pastoral para ingresar en la docencia universitaria y el trabajo científico. Juan Pablo enlaza entonces la narración histórica con una reflexión en torno al ser sacerdote en el mundo de hoy. Las palabras dedicadas a los consagrados -a quienes define como simples administradores de los bienes de la salvación- son impresionantes. Por ejemplo, la necesidad de la identificación entre testimonio y santidad: “Solamente un sacerdote santo puede ser, en el mundo cada vez más secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio”.
Algunas páginas dejan percibir su acendrado patriotismo: las luchas de la Iglesia polaca por la defensa de la libertad, la defensa vehemente de los cardenales Sapieha y Wyszyinski, pertenecen tanto al ámbito religioso como patriótico. Por otro lado, el haber vivido en contacto con dos de los mayores regímenes totalitarios de la historia contemporánea, nazismo y comunismo, llevan a Wojtyla a una total identificación y compromiso con el hombre concreto: “Es fácil comprender mi sensibilidad por la dignidad de toda persona humana y por el respeto de sus derechos, empezando por el derecho a la vida”.
El libro es una invitación a reflexionar sobre la libertad, el compromiso con una causa, los valores intemporales, a través del testimonio de uno de los mayores líderes espirituales del mundo contemporáneo.