EL EMBRUJO DE LA LUNA
De la misma tela con la que se han escrito las grandes novelas está cortada “El error de la luna” (Alfaguara, 1995, 244 p.), de Hector Aguilar Camín (México, 1944), novela que gira alrededor de los amores frustrados de Mariana Gonzalbo y Lucas Carrasco, y de la vehemente persistencia de una joven, Leonor, que indaga en la tragedia familiar. Después de “Como agua para chocolate”, es esta una de las más dramáticas y apasionantes novelas de amor que se han escrito en los últimos tiempos.
Seguramente la indagación de Leonor no habría continuado de no haberse empeñado los abuelos, Ramón y Filisola, en ocultar y negar la tragedia de una de sus hijas, Mariana, tía de Leonor. En esta confrontación no hay que ver sólo una diferencia generacional, sino una forma distinta de afrontar la vida: los abuelos actúan desde la sabiduría que concede los años, mientras que la nieta utiliza el recuerdo como una forma de conocerla.
Leonor, de 19 años, dialoga por las noches con el retrato de la ausente que está en la sala. Quiere conocer su pasado, las circunstancias de su muerte, por qué los abuelos se empeñan persistemente en negar su recuerdo. La fábrica de los sueños nutre la indagación y la búsqueda.
A través de sucesivas entrevistas, en un camino sinuoso pero ascendente, Leonor investiga en el entorno de Mariana que, en un primer momento, es el suyo propio. Así, las tías Cordelia y Natalia, que aportan información tergiversada o insuficiente. En segundo lugar, en las amistades: Alina Fontaine (amiga de escuela), Ángel Romano (compañero de la Facultad) y Carmen Ramos (amiga íntima), quienes proporcionan datos más concretos.
En cada etapa de la búsqueda va ocurriendo una paulatina metamorfosis por parte de Leonor: descubre cada vez nuevas semejanzas con su tía; pero llegar a ella no es otra cosa que efectuar una introspección en sí misma. Sin embargo, objetivamente, todos los testimonios apuntan a un solo referente; la causa de la dicha, infelicidad y locura de Mariana: Lucas Carrasco.
Para cuando ocurre este encuentro, en uno de los clímax de la novela, la metamorfosis se ha completado: Quien lo visita es Leonor/Mariana que va a ver tanto a su antiguo amante, como a averiguar las causas de su muerte. Lucas cuenta su versión y desentraña el simbolismo de la luna, una de las imágenes persistentes en la obra: “esa cosa irracional, estúpida y sin embargo hermosa, que estuvo todo el tiempo interponiéndose entre tu tía Mariana y yo” (p. 138).
La imposibilidad de recuperar el pasado -de sostener una relación con Lucas- llevan a Leonor a un sanatorio. Allí comienza a operarse la disociación de su doble personalidad: ”Tú no eres Mariana, mi amor... Tú eres Leonor, mi sobrina, muy distinta de tu tía, aunque seas igualita...” , le dirá en una visita la tía Cordelia (p. 159).
Finalmente, ante la consumación de los hechos, la abuela cede y cuenta la verdad: Mariana murió de una embolia mientras esperaba un hijo de Ramón. Éste, al saberlo, en un gesto de abatimiento, no puede más que sumergirse en los enigmas de la noche (p. 240) y enviar una nota a Leonor con los versos, “Si es huérfano el que pierde a un padre, / si es viudo el que ha perdido la esposa, / ¿cómo se llama el que pierde un hijo?”
Héctor Aguilar Camín no es un desconocido en las letras mexicanas. Además de libros de historia y de ensayos, ha publicado dos volúmenes de cuentos y tres novelas. La tesis central de la novela oscila entre las dos actitudes asumidas por los protagonistas: Hay un destino ya escrito, una fatalidad ineludible y Las cosas simplemente suceden porque sí, y nosotros estamos en medio de ellas sin recursos para cambiarlas. Escrito con una prosa carnosa, por momentos dulce, meliflua, llena de calor, con ribetes garciamarquecianos, “El error de la luna” bien puede calificarse como novela de la recuperación del pasado en los pliegues de la memoria.
Un buen deleite para los espíritus cansinos en busca de emociones.