EL SUBMUNDO LIMEÑO DE CARLOS RENGIFO

 

     Cuando a inicios de los años cincuenta Julio Ramón Ribeyro escribió sus primeros relatos de carácter social, Lima era una ciudad que no superaba el millón de habitantes. “Los gallinazos sin plumas” y “Al pie del acantilado”, dos de sus más conocidos cuentos, ahondaban en la nueva realidad nacida como producto de las primeras oleadas de migrantes en los suburbios de la gran urbe. Hoy, casi medio siglo después, Lima ha crecido desmesuradamente, acercándose a los ocho millones, y creando un conjunto de problemas de orden ocupacional, de vivienda, salud, transporte, seguridad, por todos conocido.

     Carlos Rengifo (Lima, 1964) ha querido mostrar en “Criaturas de la sombra” (Gaviota azul editores, 1998, 102 p.), parte del submundo que puebla las calles de la ciudad. Aquél que se aparece en las páginas policiales de los diarios y que muestran experiencias sórdidas que sublevan el espíritu.

     Fue Aristóteles el que a la vista de las grandes tragedias griegas -pobladas de asesinatos y muertes horrendas- propuso una primera definición de catarsis. Consiste ésta en que el espectador de la tragedia, al observar aquellas representaciones, sufría un efecto de distensión y liberación interior por medio de la “conmoción” y el “horror”.

     Aunque estos relatos no lleguen a alcanzar la fuerza expresiva que sí existe en una tragedia (por ser de corta extensión, poseer pocos personajes y no crear el tempo y la expectativa suficiente), sin embargo no dejan de tener una cierta truculencia y crueldad por la manera tan descarnada con que están relatados. Por ello, aunque la lectura de estos cuentos puede parecer fruto de un refinado cinismo, también podrían entenderse como la manera como un observador lúcido y conciente ve su ciudad. Aquí hay algo más que realismo o naturalismo -por usar dos palabras caras a la narrativa decimonónica: hay un claro propósito de denuncia social.

     Una concepción de este tipo no puede tener otro corolario que una actitud pesimista con especto a la vida, como puede observarse en el epígrafe del libro -tomado de Martín Adán: “La vida no se elige: la vida se padece”. Cada personaje se halla envuelto en una espiral que le impide remontar o luchar contra la corriente, adoptando por ello un rictus que le hace aceptar o ser insensible frente a la realidad que lo rodea.

     La descripción del anónimo protagonista de “Final del día” podría servir de modelo para ejemplificar esta postura de insatisfación ante la vida. Se trata de un funcionario cuya secreta vocación es la poesía, pero debe trabajar como un burócrata. Después de cumplir con “los rituales de la conviviencia urbana” y cumplir con la diaria jornada de trabajo, en medio de “aquella mezcla de somnolencia y hastío”, deja los barrios residenciales y se dirige hacia un barrio marginal. Esta caminata se realiza a la par que un paulatino despojamiento de sus vestiduras. Sus grandes sueños -viajar a París, visitar sus grandes museos y palacios- se contrasta con la sórdida realidad que le circunda. El riachuelo inmundo no tiene parecido alguno con su Sena ideal, y concluye: “No hay salvación. Estamos perdidos. La vida es una tremenda c... ¿Quién puede ser feliz en este fuego perpetuo? (...) El amor es una ilusión, el más perfecto y engañoso invento de los poetas”.

     “Criaturas de la sombra” bien puede considerarse como una cruda y patética pintura de la ciudad con toda la fauna que lo puebla: vendedores ambulantes, pirañas, prostitutas, locos, mendigos, burócratas, custodios del orden, subversivos. Y en medio de todo ello, una conciencia que trata de encontrar orden y sentido en el caos.