EL HAIKU: LA ETERNIDAD DEL INSTANTE

 

     Voces apenas perceptibles, voces que tratan de inmovilizar la vida que es fundamentalmente, esencialmente, cambio, decurso, torrente que no se detiene. Pero que, a diferencia de la instantánea fotográfica que ofrece la visión momentánea y objetiva de un fragmento de la realidad, establece vínculos y asociaciones a nivel sensorial, no necesariamente conscientes. El haiku japonés, brevísima composición poética (alrededor de 17 sílabas), está formada sólo de imágenes que condensan una visión intuitiva e inédita de las cosas. Despojado de todo racionalismo estuvo vinculado en sus orígenes a experiencias de carácter religioso o filosófico.

     Numerosos poetas latinoamericanos se vieron atraídos por esta manera de aprehender el mundo. Entre todos merece nombrarse al premio nobel mexicano Octavio Paz, y, entre nosotros, a Javier Sologuren. Pero ha sido Alfonso Cisneros Cox (Lima, 1953) uno de los más fieles y constantes cultivadores de esta forma poética, a la que dedicado varios libros desde los años setenta. Su última entrega, “Voces mínimas” (Ed. Caracol, nov. 1996, s/n pág.) reúne 162 haikus distribuidos en cinco secciones.

      Aunque no lo imaginamos como practicante del budismo, sintoísmo o confucianismo, Cisneros ha asumido su espíritu. El siguiente texto, por ejemplo, destaca la asociación entre la limpidez y claridad del alba y la inmovilidad del agua pura: “Agua tranquila:/ ligero el sonido/ del amanecer”. Por el contrario, la hora de las sombras se vincula con la presencia de la muerte que en la visión del poeta no asume una coloración oscura, sino la blancura del sudario; otra lectura puede incidir en la luminosidad de las estrellas del cielo: “En el ocaso/ sólo el ropaje blanco/ de la noche”.

     Es evidente que el haiku exige varias condiciones a quienes lo cultivan: Capacidad de síntesis, concisión, extrema sensibilidad, factor de sorpresa, iluminación... Porque, de alguna manera, sintetiza un núcleo de la experiencia humana, pero despojado de todo intelectualismo, de toda referencia a lo individual y personal. “El haiku en su brevedad expresiva -dice Francisco Rodríguez Izquierdo- es enteramente imagen, impacto de un momento sentido en profundidad. A través de él el poeta quiere hacer ver y sentir el núcleo de su experiencia. El haiku llega a ser así símbolo de una visión intuitiva de la realidad”.

     Entre los creadores japoneses el momento cumbre está representado por Matsuó Bashó (1644-1694), autor de un famoso libro de viajes, “Sendas de Ocu”, relato de un peregrinaje que lo conduce a través de las montañas del norte y en el que se intercalan algunas de sus más famosas creaciones como: “Sobre la rama seca,/ un cuervo se ha posado;/ tarde de otoño”, imágenes de desolación y esterilidad ante la proximidad del invierno.

     Muchos de los haikus de Alfonso Cisneros Cox poseen la frescura que otorga la visión primigenia de las cosas, el conocimiento intuitivo y momentáneo de la realidad, como el siguiente que es un prodigio de sugerencia tanto por la imagen en sí como por los efectos sonoros: “De salto en salto/ el petirrojo enciende/ la enramada”. O esta bella imagen de la finitud del decir, del movimiento reiterativo del mar (de la palabra) y la inconmensurabilidad del océano: “El silencio acaba/ en cada ola/ que empieza”.

     Poemas de la brevedad y la concisión, el haiku de Cisneros es manifestación de lo ordinario/extraordinario de la existencia, de la fe en los poderes de la imaginación y la intuición, gotas celosamente extraídas que caen a través del alambique de una conciencia expectante y amante de la vida.