LA PREGUNTA POR LA IDENTIDAD

 

Julio Ortega. El principio radical de lo nuevo. Postmodernidad, identidad y novela en América Latina. Lima, FCE, 1997, 302 pp.

 

     La pregunta por la identidad implica el reconocimiento de dos aspectos: lo que es semejante de uno mismo, y lo que es diferente respecto de los otros. Julio Ortega reflexiona en este estudio sobre los fallidos intentos de los estados dominantes por imponer un único concepto de identidad nacional, las propuestas compulsivas de los mercados homogenizadores, el desconocimiento de las distintas tradiciones culturales que coxisten en un mismo espacio geográfico, las tesis del mestizaje “que nivelan ilusamente la diferencia en un pluralismo pacificado”, el indigenismo que ha soñado con un territorio autárquico.

     La identidad, en opinión de Ortega, es otra de las promesas incumplidas de la modernidad. No se trata de una búsqueda del origen ni de una apuesta por el futuro; “la identidad es procesal, pero su contenido es actual”. La identidad es la que tenemos ahora mismo. (p. 32).

     La postmodernidad en Latinoamérica es un recuento de las sociedades marginales donde se reconstruye la identidad de lo heteróclito. Para Ortega en el discurso postmoderno la identidad se relativiza. No existe una sola, sino varias. El sujeto se reconoce de un modo operativo por su adscripción o pertenencia a una tradición étnica o profesional, política o sexual, urbana o religiosa.

     Los capítulos iniciales de Ortega son un buen punto de partida para la reflexión sobre lo que se entiende por identidad en el contexto nacional. Aquí lo que es  diferente o marginal se presenta como discurso de grupos que levantan su voz en contra del discurso oficial (p. e. los movimientos vecinales, los grupos ecologistas, el discurso feminista). Pero tal vez son los grupos culturales y lingüísticos los que presentan una opción mucho más radical y enfrentada al discurso oficial de la identidad.

     Si bien no se cuenta en el Perú con identidades regionales definidas, con tradiciones similares a las que existen en Italia, Francia, España, Gran Bretaña, puede reconocerse una conciencia lingüística y cultural en grupos humanos específicos provenientes de diferentes ámbitos territoriales, como por ejemplo, del norte, oriente, centro, sierra norte o sur, y que reclaman un espacio dentro del discurso cultural y lingüístico nacional. Por ello, más que de una nación habría que hablar del conjunto de naciones o nacionalidades que integran el suelo patrio.

     El fomentar la lengua única, el racismo solapado, la implantación de determinados valores culturales, ponen en evidencia,  a) que las minorías ponen en peligro la noción de una cultura nacional y de la misma unidad del país. b) La necesidad de fomentar una democracia cultural.

     Pero habría que considerar también el caso de quienes consideran como parte de su cultura otros espacios territoriales y culturales (como pueden ser los E.U. o los países de Europa occidental). Lo interesante, según Ortega es constatar que en aquellos países se está reconociendo lo diferente (lo latinoamericano), como otra parte de su propia identidad. Claro que aquí habría que añadir también las actitudes xenófobas que transitan por las democracias europeas.

     Han pasado ya los años en los que era inaudita la presencia de campesinos con sus vestimentas habituales. Hoy los cantos y bailes han pasado a formar parte del escenario capitalino. El “desborde popular” ha sido también el de las riadas cordilleranas sobre las grandes ciudades costeras. El nuevo rostro, la nueva identidad, aflora mostrándose siempre abierta, esperanzadora, como un río de fuente cristalina y gozosa.