LA VUELTA AL ORDEN DE XAVIER ABRIL

 

     El período de entreguerra es conocido como el de irrupción de los movimientos poéticos y artísticos de Vanguardia. Dadaísmo, expresionismo, surrealismo, creacionismo, ultraísmo, entre otros, constituyen expresiones del espíritu de inconformidad con las poéticas vigentes a inicios del siglo XX, cuyas manifestaciones más características en el mundo hispánico y europeo eran el modernismo y el simbolismo, respectivamente.

     Estos movimientos se caracterizan por el uso de un lenguaje predominantemente subjetivo, por el alejamiento de toda representación antropomórfica y realista (lo que motivará que Ortega y Gasset emplee el término “deshumanización” para referirse al arte contemporáneo) y por un afán desmedido por la experimentación.

     Sin contar medianías, es Vallejo el que da la pauta del nuevo lenguaje en el Perú. “Trilce” (1922) supone una ruptura total con los cánones vigentes (incluso respecto de su primer libro, “Los heraldos negros”). Hay que esperar a fines de 1927 para encontrar otro de los más característicos libros vanguardistas tanto por la forma como por el contenido: “5 metros de poemas” de Carlos Oquendo de Amat. Al año siguiente Martín Adán entrega “La casa de cartón”, maravilloso texto situado a caballo entre el relato y el poema. En los años treinta los libros más destacados son “Las ínsulas extrañas” y “Abolición de la muerte” de E.A. Westphalen y “La tortuga ecuestre” de César Moro (escrito entre 1938-39, publicado post-mortem en 1957).

     Xavier Abril (Lima, 1905 - Montevideo, 1990) pasó a constituirse en uno de los principales animadores de las corrientes de vanguardia, en especial del surrealismo. Su nombre figura desde el número dos de la revista de Mariátegui, “Amauta”, donde publica poemas y notas sobre la actualidad artística europea. En 1931 da a conocer en Madrid “Hollywood”, prosas poéticas, y, en 1935, “Difícil trabajo”, antología de su propia obra, precedida por un agresivo estudio introductorio de Westphalen, que puede considerarse como un verdadero manifiesto vanguardista. Este es el Abril iconoclasta, aquel que escribe: “La locura es mi constante existencia. Vivo de mi locura. La locura es mi clima. Por todas partes voy a la locura”.

     Un par de años después, en 1937, puede percibirse ya un cambio de dirección en su poética. “Descubrimiento del alba” acusa la presencia de un cierto clasicismo lírico. Pero es en “La rosa escrita” (elaborado según confesión del autor hacia 1937) donde el poeta abandona la palestra de combate, el lenguaje de la vanguardia, para retomar las formas clásicas castellanas.

     Es éste el texto que ha publicado Ricardo Silva- Santisteban en la colección “El manantial oculto” que dirige, con un interesante estudio preliminar de Sandro Chiri Jaime (PUC, octubre 1996, 45 pp).  “La rosa escrita” está conformado por un total de veintiún poemas divididos en dos secciones y, como el título mismo anuncia, tiene por tema a la rosa, metáfora de la Poesía o la mujer. Escuchemos las palabras prologales de Abril: “Me encuentro dibujando la rosa pura: el edificio permanente de la soledad. (...) ¿Oh, quién pudiera crear una rosa íntima que no luzca jamás en el pequeño jardín cotidiano! ¡Una rosa para los vecinos ciegos! Una rosa para mí mismo que no veo sino la rosa.”

     Después de la aventura vanguardista, la vuelta al orden; pero no al “retorno de fórmulas rígidas y secas”, sino a “un clasicismo determinado por valores contemporáneos”. Posiblemente Abril presintió el lejano aroma del Lorca del “Romancero gitano” y el Alberti de “Marinero en tierra”.