LEYLA BARTET O LA SENSUALIDAD DESINHIBIDA
De pocos escritores puede decirse, como de Leyla Bartet, que gustan deleitarse con sabores, olores, colores y cada resquicio de la tersura de su cuerpo. Los once relatos de “Ojos que no ven” (Peisa, 1997, 110 pp.) son una muestra de una sensibilidad delicada que hurga en las conciencias y mentes de sus personajes tratando de encontrar las causas de actos que lindan con una insospechada e inesperada lógica. Se trata de historias en las que predominan personajes femeninos, ubicándose cronológicamente en diferentes períodos temporales del presente siglo. Tal vez, sin proponérselo, cae Bartet en una crítica social, al describir personajes circunscritos al ámbito del hogar. Pero, tras ocupaciones en apariencia anodinas, surge un inesperado e irreprimible temperamento que conduce a experiencias profundas que dejarán en sus seres un rescoldo y resabio que las acompañará a lo largo de toda su existencia.
No corresponden los “ojos que no ven” a los “que no sienten”. Por el contrario, los centenares de poros de la piel, las decenas de papilas gustativas, los imperceptibles nervios auditivos, proyectan y difunden a través de todo el cuerpo, como ráfagas de electricidad, las sensaciones que llegan del mundo circundante. Los ojos no diferenciarán las formas de las cosas, pero los sentidos poseen una capacidad de remembranza que la propia memoria no proyecta. Por eso puede decir la abuela a la nieta que “el paladar tiene una memoria eterna” (p. 27). Como en el caso de Laura Esquivel (Como agua para chocolate) y Patrick Süskind (El perfume) estos cuentos destacan los aspectos más primarios de la percepción sensorial y, entre ellos, priman los referidos a la sensualidad y el erotismo.
No son estas mujeres dueñas de sus destinos. Las más de las veces pende sobre ellas el peso agobiante de una tradición de varias generaciones. Por eso no pueden definirse estas historias como felices. Detrás de cada acontecimiento y personaje aflora la sombra de la duda y la desdicha. Ellas perciben y presienten el mal suceso de sus vidas, pero aún así, guiadas por un inexorable destino, persisten en su empeño. Mariana sabe que Jean Francois sólo le augura desdichas y dolores, y Elvira sospecha que el estallido de las copas en el banquete de bodas es un anuncio maléfico de alguna fatalidad futura.
Por ello, el diseño de los personajes masculinos corresponden a seres lejanos del amor y se encuentran circundados por un halo de egoísmo y dolor. Son infructuosos sus amores: así, el P. Dubois atenta contra sus votos (“En olor de santidad”), y don Amador Alvarado “tiene mal puesto el nombre”; Jean Francois engaña deliberadamente a Mariana y Esteban Arraya abandona a su familia sin decir una sola palabra. Sólo las mujeres aman, creen y se entregan.
Leyla Bartet posee una extrema sensibilidad y puede guiar al lector por los delicados y recónditos mundos de las relaciones y psicología humanas, aunque las historias no concluyan en amores felices. Fiel a su deseo de vivir todas las sensaciones posibles, ama incluso la muerte, traba relación con una variedad de personas y multiplica sus lugares de residencia, llegando al final de su largo periplo, como Elvira, uno de sus personajes, a una sola conclusión: ella es el propio misterio que ha tratado de desentrañar en cada lugar donde ha residido y en cada personaje que ha conocido.