LA IRREALIDAD EN LOS CUENTOS DE ALBERTO CUADROS

 

    

     El relato fantástico -ese género que trastoca el mundo de lo real a través de la irrupción de lo inverosímil o imposible- tiene en Alberto Cuadros Román a uno de sus más sobresalientes cultores. Si estos cuentos fuesen leídos desde una óptica lógica, resultarían absurdos. El mundo de lo fáctico y verosímil resulta a Cuadros, a todas luces, insuficiente y se ve en la necesidad de abandonar este cauce para hurgar en el terreno de lo irreal una nueva lógica de los hechos de la experiencia.

     Picasso contraponía la estética renacentista a la suya, en el sentido de que mientras el artista del Renacimiento se limitaba a copiar los modelos que le ofrecía la realidad fáctica, él se adentraba en el terreno de la interpretación de esa realidad a través de representaciones no figurativas (cubismo, expresionismo, surrealismo, abstraccionismo...) Hoy creemos, sin embargo, que todo arte -aun que el aboga por el más acendrado realismo- implica una trastocación de lo cotidiano (el “elemento añadido” de Vargas Llosa).

     Si los hechos que ocurren en la vida diaria no responden a lo que habitualmente entendemos por relación de causa-efecto, de lo esperable según la lógica de nuestra cultura, entonces se ingresa al terreno de lo maravilloso o, mejor, de lo fantástico. La literatura fantástica establece una antinomia irreductible entre categorías como real/imaginario, normal/anormal, natural/sobrenatural. El ejemplo tipo es “La metamorfosis” de Kafka. Sólo por el acuerdo implícito entre autor y lector puede subsistir la ficción; de lo contrario resultaría una historia absurda.

     El libro de Alberto Cuadros Román “La sombra ajena” (Lluvia editores, 1998, 113 p.) ofrece a través de sus quince relatos varias muestras de la estética de lo imposible. Una figura recurrente -por citar un ejemplo- es la del espejo (cuyo modelo clásico nos remite a Lewis Carrol). Éste no es sólo el objeto que refleja nuestra apariencia, sino -como en tantas obras de ficción- la puerta hacia lo desconocido. Detrás del espejo todo es simbólico: así una bicicleta o una mariposa. Pero si ingresar es relativamente fácil, no lo es la salida: “Estaba cerrado. A través de él distinguió el baño. Por la puerta abierta, que comunicaba con el dormitorio, alcanzó a ver su lecho y un cuerpo en él; el suyo. Alrededor de la cama, sus familiares. El médico de la familia estaba certicando la causa de su muerte.”

     Este tipo de irrupción de lo inverosímil es constante. En “Un nuevo cuento” un escritor está creando el personaje para su relato. Lo piensa bajo, de complexión robusta. Imagina cada parte de su cuerpo: cabellos, cejas, ojos, nariz, labios, boca, dientes, tez, cuello, hombros, vestimenta. Su dilema es en qué ambiente ubicarlo. Escoge el Callao. Le falta aún desarrollar la trama, pero se siente cansado y se decide a dormir un poco. Lo despierta el timbre de la puerta. Al abrir, encuentra a su personaje, quien “blandía fiero la chaira y él no lo pudo eludir. Mientras caía alcanzó a pensar: ¡qué abruptamente termina el cuento!”

     En “Casa tomada” de Julio Cortázar unos desconocidos invaden una vivienda, cuyos propietarios se repliegan por las distintas habitaciones hasta ser finalmente expulsados. El narrador no describe a los invasores, el lector no sabe quiénes son. Sólo las actitudes y las palabras de los personajes nos avisan de su existencia. En “Catarsis” de Alberto Cuadros, la situación es similar. El narrador es perseguido en su hogar por una inubicable mujer. Siente su presencia, su olor, su voz; llega hasta el extremo de recibir llamadas telefónicas suyas. En la escena final, la desconocida se corporeíza y le ofrece un cuchillo para asesinar a su mujer.

     Propiamente son pocos los cuentos originales en este libro. Como dice Wáshington Delgado en el prólogo, citando a Oswaldo Reynoso, estos textos “revelan lecturas e influencias de escritores clásicos en el género: Édgard Allan Poe, Horacio Quiroga, Borges y, tal vez, otros escritores menos frecuentados en nuestro medio, Dino Buzzati y Marcel Aymée”; sin embargo, no dejan de tener su propio encanto. “La sombra ajena” es una buena manera de abandonar el mundo de lo fáctico y cotidiano para ingresar en el terreno deslizante, extraño, inseguro -y por ello incitante- de la irrealidad.