LA POESÍA COMO ILUMINACIÓN

 

ANTOLOGÍA POÉTICA DE LUIS LA HOZ

 

     Siempre tras toda obra artística se encuentra una personalidad por descubrir, una personalidad que se manifiesta a través de un estilo. El caso de Luis La Hoz (Lima, 1949) no es la excepción. Y la publicación de “Oscuro y diamante” (BCR, verano de 1998, 149 p.) es la manera como podemos acercarnos a degustar del vino suave, que cada vez se va haciendo mejor, precisamente porque adquiere la solidez y consistencia que dan el paso de los años.

     La poesía puede ser antigua o moderna -ello no le asegura permanencia- pero sólo algunas poseen ese agradable aroma de juventud. Fray Luis o Borges son jóvenes. Rimbaud es joven, no por la edad que tenía cuando escribió sus versos, sino por su cualidad de mostrar las cosas como si se tratara de un acto de develamiento, por su capacidad de asombro ante lo cotidiano o desconocido.

     La poesía de Luis La Hoz es también joven (y espero que con los años continúe siendo todavía más joven) por esa misma capacidad de soledad y descubrimiento, por la sencillez y pristinidad de sus versos, por su soltura y desenvoltura.

     Decía Mirko Lauer en la presentación del libro que esta cualidad se la debía en parte a Javier Heraud y a Luis Hernández, hermanos mayores de Luis. Creo yo, sin embargo, que es, además, fruto de una refinada técnica. Es muy difícil ser sencillo. Lo natural es que muchos poetas, por lo menos en su etapa inicial, encubran sus versos con una aureola de denso barroquismo -hay excepciones memorables, por cierto; v.g. Góngora y Quevedo-. En Luis La Hoz, la construcción del poema obedece a una visualizada arquitectura donde todos los elementos que lo conforman (fonemas, sílabas, palabras, acentos, ritmo, etc.) están ordenados armoniosamente, apuntalando el edificio poemático y contribuyendo a un propósito perfectivo.

     Y aquí habría que hacer referencia a su visión del mundo. Para La Hoz, el mundo está bien hecho (no necesariamente en el sentido guilleniano), porque la presencia del amor y del dolor, de la belleza y la fealdad, de la vida y la muerte, configuran el mundo tal cual es: “A pesar de su miseria, para mí las calles son doradas/ y resplandecen con durísima belleza./ Y la noche es también dorada y todo lo malo/ es tan bueno que dan ganas de llorar.”

     Este tipo de poética se sustenta en una conciencia que sabe que existe lo eterno y perfecto y que se manifiesta en lo accidental que viene a ser la realidad. Por eso pueden coexistir ”el amor y el desamor/ la cordura y la demencia/ los trenes y las palomas y los hombres”. En este mismo sentido, el tiempo (sea en su sentido lineal o circular) no interesa “porque el pasado está presente/ y posee el mismo rostro que el futuro”.

     ¿Quién confiere orden, entonces, a lo que se presenta como caótico e informe? La poesía, que vendría a ser una forma de iluminación en medio del caos, una manera de salir del tiempo para ingresar en el terreno de lo intemporal y eterno. Ello, sin embargo, no significa una renuncia al mundo. Por el contrario, el poeta se desenvuelve en lo voraz y cotidiano de la vida diaria donde el placer, que es una forma de vivencia intensa, desempeña un papel crucial: “Amo el pecado, las flores carnívoras, /las madrugadas que llegan /y son pálidas como tu rostro”.

     El poema es, en definitiva, aquello que reluce frente  lo rutinario. Es, a la vez, oscuro (por ser ignoto, desconocido y misterioso) y claro. Luz que resplandece en medio de las  sombras.