TONG-GYU HWANG: POESÍA COREANA
Una de las constataciones que se puede hacer al leer poesía de esta y otras latitudes o épocas, es que los intereses y preocupaciones que inquietan a los hombres son, casi siempre, de un modo genérico, los mismos. No importa que estemos en Sidney o Moscú, en Pekín en Toledo, en París o Nairobi. Cambian los lugares, las circunstancias y los actores, pero las vivencias son las mismas. ¿Quién no ha amado alguna vez en su vida? ¿Quién no constata el paso del tiempo o la cercanía de la muerte? ¿Quién queda inmune ante la presencia de la belleza?
Sin pretender desembocar en planteamientos de carácter filosófico o en introspecciones frente a un alienista, la poesía corresponde al ámbito personal -con implicancias públicas- donde se pueden responder a las más diversas inquietudes del espíritu o donde, también, se puede hacer mofa del sentido o carácter trascendente que para algunos puede adquirir la vida. (Westphalen afirma que la poesía echa unos rayos de luz “nada más que para hacer más intensa la oscuridad”).
El Centro de Estudios Orientales de la PUCP presenta cada cierto tiempo una de esas perlas de rutilante belleza. El año pasado nos ofreció “Manantial de vino” de Li Po y, con anterioridad, los “Rubayat” de Omar Jayam. Ahora acaba de editar “Posada de nubes y otros poemas”, selección antológica de la obra de Tong-gyu Hwang (Seúl, Corea, 1938). Los responsables de la edición son Francisco Carranza Romero y Óscar Mavila Marquina (julio 1998, 130 p).
La lectura de estos poemas pone de manifiesto una constante presencia de la oposición entre experiencias de carácter citadino y campestre. El tópico -que también existe en la cultura occidental- enfatiza en el hecho de que el espíritu puede aflorar con mayor intensidad en contacto con la naturaleza. “Posada de nubes”, poema que da nombre al libro, es un buen ejemplo de esta perspectiva: “Morunde era un precipicio tan tranquilo que se oía hasta la caída de un polen al río.. / (...) / Parecía que no estaba solo.” El poeta ha llegado a encontrarse consigo mismo y en ese momento se siente en armonía con la naturaleza que le rodea.
Pareja indisoluble de la vida es la muerte, y no se trata sólo de un tópico literario. “El poeta debe sufrir mucho” -título de uno de los poemas- es una experiencia que, como cita el propio Hwang, comparte con “Baudelaire, Rimbaud y Du Fu”. Esta dualidad de vida y muerte, de felicidad o infelicidad es también constante: “¿Cuál es nuestro último recuerdo en este mundo? / ¿el chiquero donde gruñían los cerdos? /.../ o ¿el cielo de jade que se veía a veces en la temporada de lluvias? (“En el pueblo Yangpyong”)
Pero Hwang no es un poeta tradicional coreano. Los poemas dicen de su frecuentación de la cultura anglosajona. En “Un paseo por el Bronx” el poeta ha adoptado un aire más conversacional. La descripción de la ciudad (“El Bronx es un barrio donde viven principalmente negros”) se conjuga con la frases coloquiales, en un diálogo constante con interlocutores ficcionales. La siguiente es una frase muy bien encontrada y perfectamente aplicable a los peruanos que viven fuera del país: “Para hacer mi vida en el extranjero aún más extranjera / mi amigo Chonnui Mah me mandó dos cartas de Navidad.”
Ternura, gozo, soledad, inquietud ante la vida. Todo esto y mucho más se encuentra conjugado en las páginas de “Posada de nubes y otros poemas”. Como dicen los editores, se trata de “Textos que alcazan lo poético mediante el enlazamiento de imágenes coreanas tradicionales con contemporáneas cosmopolitas” y que “simultáneamente abren sus brazos a la alegría de la vida y a los caminos de la muerte”.