VAMOS A BAILAR CON RODRÍGUEZ-GAONA
Martín Rodríguez-Gaona: Pista de Baile. Ediciones El Santo Oficio, abril 1997, 76 pp.
No hay duda que vivimos tiempos nuevos: la inserción del Perú en los circuitos económicos internacionales, el tramonto (por lo menos así parece) de la subversión generalizada, la llegada del capital foráneo, el triunfo de los `independientes’ en la política, el abandono de los convencionalismos y una relativa democratización en las relaciones sociales, indican una modificación en la concepción de nuestra sociedad.
No es que en este tiempo no se crea en el amor, la soledad y la muerte, sino que en los 90 se han dejado los rigurosos convencionalismos de otras épocas para optar por una vida sin menos coerciones formales. Los jóvenes son quienes reflejan mejor esta actitud: Frente a los convencionalismos, la expontaneidad; frente al cultivo de la forma, la llaneza en el lenguaje. De allí la popularidad de Los Mojarras o Raúl Romero; la inclusión de una página de léxico desinhibido, fácil y humorístico en Caretas y el Suplemento Dominical de “El Comercio” podría entenderse también en este mismo sentido. Barranco ha pasado a ser el centro de reunión de quienes quieren vivir simplemente la vida alejados de problemas laborales, familiares o sociales.
Con el muro de Berlín y la Unión Soviética (incluidos Castro y la izquierda latinoamericana), se desmoronó la penúltima utopía vigente. Con la captura de Abimael y Polay cayeron los absolutos en casa. Mariátegui hablaba en los 20 de la ausencia de un mito en el cual creer. Nuestro tiempo es, por ello, el reflejo de una crisis de identidad y de búsqueda. Los jóvenes andan desorientados y muchos no ven otro futuro que las calles de Miami o Europa. En todo caso, éste podría ser el nuevo mito: la consecución de un dinero rápido y fácil, el de un capitalismo a ultranza. (¿Se avisora otra utopía en el horizonte? ¿El nacionalismo regionalista?)
Las consideraciones anteriores vienen a propósito del último poemario de Martín Rodríguez-Gaona (Lima, 1969), “Pista de baile”. Se trata de un libro que combina la jovialidad y sencillez con un absoluta informalidad en el uso del lenguaje. Si bien es una constante aludir al empleo de un léxico de lo cotidiano en los poetas de los sesenta (v.g. Calvo, Cisneros), es Hora Zero quien irrumpe con un lenguaje anarquista, explosivo: “Si somos iracundos es porque esto tiene dimensión de tragedia” (Primer Manifiesto). En los ochenta el desenfado de Chirinos o Mazzotti contrasta con el cuidado de la palabra en Eslava.
En el caso de Rodríguez Gaona la construccción del poema se logra en base a las yuxtaposición de imágenes en apariencia anodinas, pero que remiten a los temas que le son constantes: la soledad, el amor y el deseo. El poema liminar, por ejemplo, lleva por título “Arte culinario”, pero se trata, en realidad, de un arte poética; preparar bien la comida significa confeccionar adecuadamente el poema: “Espero que esta vez guisen bien/ el pollo./ El otro día estuvo un poco crudo”. El deseo no es más que “un gato que rueda escaleras/ y ni siquiera muestra una garra para evitar/ que lo pateen”. La referencia a la modernidad se refleja también en los títulos, de una irónica llaneza: “Bajo un plástico resplandor lunar”, “Hablando en clave caramelo”, “Metereología y amor”, entre otros.
En suma, un libro de nuestro tiempo, ensayo de una nueva vía en el camino del arte y la poesía.