ZAVALETA Y EL CALLEJÓN DE HUAYLAS

 

     No hay duda que la obra cuentística y novelística de Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928) goza de una sólida admiración. Desde 1948, con “El cínico”, pasando por “La batalla” (1954), “El Cristo Villenas” (1955), “Los Ingar” (1955), “Los aprendices” (1974) y una amplia lista de títulos, se ha hecho presente en el panorama de las letras peruanas aportando no sólo un alto bagaje de tecnicismo, sino también, un tratamiento más introspectivo de los personajes.

     Es una constante en la crítica asociar su nombre al del autor de “El sonido y la furia”, “Absalon”, “Santuario”, entre otras novelas que dejaron una impronta profunda entre los narradores de la post-guerra. Su interés por la obra de William Faulkner se percibe no sólo en su tesis doctoral, sus descripciones metafóricas, la intensidad dramática y cruda de las emociones, sino en su pertenencia y práctica de lo que se ha venido en llamar “Culto de la crueldad” (Cult of Cruelty School), fidelidad que no ha abandonado a lo largo de su ya cincuentenaria dedicación a las letras.

     “Pueblo azul” (Río Santa Ed. / INC Ancash, dic. 1996, 166 pp.) es una buena antología de relatos cortos reunidos alrededor de lo que parece ser una temática común: el Callejón de Huaylas. Pero la patria chica es sólo el punto de partida para la configuración de un cuadro de mayor complejidad; el autor va más allá de la mera descripción anecdótica, de lo pintoresco o folclórico en lo que podríamos llamar universalidad de lo particular; relata estados anímicos, la profunda y persistente presencia de los sentimientos, en los que predominan los estados de violencia y desgarramiento interior.

     No existe ternura en estos cuentos, a no ser de forma soterrada, como cuando se alude al “estribo” que trae consigo el recuerdo de la madre muerta (“Un viaje romántico”). Las más de las veces un cruel y violento rito preside el relato, como en la famosa escena del “cóndor-rachi”, sanguinaria descripción del apaleamiento y muerte de un cóndor en el pueblo de Tingo (“La batalla”); o los sufrimientos del pequeño en la escuela a causa de los abusos de un muchacho mayor (“Una figurilla”).

     En la narrativa de Zavaleta es raro encontrar un espacio para la felicidad. El mundo se encuentra sacudido y contaminado desde sus raíces ya sea a nivel de la familia (“Caín y Abel”), de las costumbres, de la relación provincia/capital. Hay un contraste muy marcado entre la esplendidez del paisaje y el mundo de sus personajes. Tras la aparente belleza y alegría de la descripción se esconden el engaño y la mentira (“Unas cuantas ilusiones”) o la propia muerte (“La primera mujer”, “Abrazos, muchos abrazos”). Lo mismo ocurre con sus relatos brevísimos. Tras títulos en apariencia inocuos (“El niño guía de Huaraz”, “Gratitud”, “El niño que escribía cartas ajenas”, “El campeón de las muletas”) se esconden el burdo comercio de la prostitución, el ánimo de venganza, el desasosiego...

     Aunque “Pueblo azul” es hermoso título que exhala el límpido aire cordillerano, quizá podría atemperarse, porque -como bien escribe Macedonio Villafán en las palabras preliminares- “la belleza del paisaje contrasta con un mundo social y espiritual ensombrecido; donde `la espléndida naturaleza’ o el `valle deleitoso’ (...) alberga un mundo social y espiritual nada apacible ni bello”.

     Escritor de una técnica depurada y límpida, es una lástima que su obra no tenga la misma difusión que las de Ribeyro, Bryce y Vargas Llosa, con quienes puede, con sobrados derechos, parangonarse.