ARGUEDAS PLURAL
M. Martínez / N. Manrique (eds). Amor y fuego. José María Arguedas, 25 años después. Desco, Cepes, Sur. Nov. 1995, 403 pp.
La figura de José María Arguedas (Andahuaylas, 1911) ha ido adquiriendo cada vez mayor renombre en el ámbito de la cultura a partir de su muerte ocurrida en diciembre de 1969, al punto de constituirse hoy en día en una de las que mejor expresan el carácter pluricultural de nuestra patria.
Esta perspectiva múltiple de su obra en la que se yuxtaponen y unimisman el literato, antropólogo, folclorista, etnólogo, traductor, animador cultural, puede observarse en “Amor y fuego. JMA, 25 años después”, publicación que reúne las ponencias, comentarios y debates de los participantes al Seminario del mismo nombre que se llevó a cabo entre el 9 y 11 de noviembre de 1994.
De la amplia gama de trabajos presentados, destacamos el de Antonio Cornejo Polar, “Condición migrante y representatividad social”, quien desarrolla un nuevo eje semántico en la narrativa arguediana: la figura del migrante y el sentido de la migracción.
Nelson Manrique aborda en “JMA y la cuestión del mestizaje” uno de los problemas más complejos en la literatura y los estudios antropológicos arguedianos: la integración de las distintas vertientes de la sociedad peruana, escindida en realidades sociales, culturales, regionales y raciales muy diversas y, en algunos casos, contrapuestas. El mestizaje, constituye en su concepto una noción clave dentro de esa búsqueda arguediana de alternativas, entendido como la posibilidad de una integración armónica de esos elementos contrapuestos pero que no son, por su propia naturaleza, necesariamente irreductibles.
Para Manuel Castillo Ochoa la obra de Arguedas no puede ser leída en una sola dimensión ni bajo el prisma de una sola disciplina y que no puede dejar de analizarse a través del cambio y de la continuidad del tiempo histórico. La densidad de esta obra permite que pueda entenderse como una tarea que trata de encontrar la dinámica de la continuidad y el cambio de la sociedad peruana.
Una opinión discutible es la que sostiene José Tamayo Herrera, quien afirma que Arguedas hablaba una mezcla de castellano con quechua, un “quechuañol”, y que “hacía unas traducciones malas, otras regulares y algunas (...) disparatadas”. En el posterior debate Rodrigo Montoya se refiere al etnocentrismo o cusqueñismo de Tamayo, y puntualiza que hay que diferenciar entre el quechua que hablaba Arguedas y el que hablan sus personajes en sus novelas. Arguedas manejó muy bien los dialectos wanka, chanka e inka del quechua.
Un segundo aspecto que aborda el libro es el relativo a aspectos biográficos. En esta línea Jorge Cornejo Polar enfoca la labor cumplida por Arguedas al frente de la Casa de la Cultura entre 1963-64. Cecilia Rivera trata la infancia del escritor como el período donde se pueden encontrar las claves explicativas del desarrollo de su producción adulta. Finalmente, Rodrigo Montoya hace un recuento de su viaje a España a los mismos pueblos donde Arguedas tomó los datos para la elaboración de su tesis doctoral sobre “Las Comunidades de España y del Perú”.
Al finalizar la lectura puede percibirse un unánime sentimiento de admiración ante la obra desplegada por Arguedas, una de las figuras paradigmáticas que mejor refleja la forja de la peruanidad, integrada por todas las lenguas, todas las sangres.