CARLOS HERRERA O EL RACIONALISMO LITERARIO

 

     Lo trágico nutre las páginas de los cuentos de Carlos Herrera (Arequipa, 1961). Detrás de cada historia, aflora siempre el componente deceptivo que sugiere la existencia de ambientes densos, poblados de una conciencia siempre lúcida y pensante. “Las musas y los muertos” (Ed. El Santo Oficio, marzo 1997, 115 p.) es un conjunto de nueve relatos caracterizados por la presencia de una variada temática que, en contraposición al título, no nacen de inspiración olímpica, sino de una mente analítica que elabora paso a paso, con mano diestra, las distintas instancias significativas que componen cada texto.

     Herrera es, formal y conceptualmente, un neoclásico que enlaza no sólo con tradición ilustrada y renacentista, sino, sobre todo, con la cultura  greco-latina. Perfección referida a la estructura de las composiciones (que no dan lugar a improvisaciones y descuidos) y perfección en cuanto a los contenidos elaborados. Las tramas están tan firmemente desarrolladas que, por momentos, suspenden peligrosamente el pathos necesario a toda obra artística, al utilizar únicamente artificios narrativos, constructos mentales.

     Clio, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania y Calíope, son las musas cantadas por Hesíodo en su “Teogonía” y que presiden cada uno de los nueve relatos. Pero, no puede dejar de percibirse el matiz irónico de las alusiones, ya que Herrera se sitúa en el plano opuesto de una poética sustentada en soplos divinos o fuegos de la inspiración. No son los románticos sus manes literarios, sino Poe y Borges. El título es a este respecto ilustrativo, pues sugiere, aparte de los contenidos deceptivos anunciados, la presencia conjunta de las musas y la muerte. En todo caso, Herrera ha tomado de los clásicos, la búsqueda de la perfección formal que se refleja en el simbolismo numérico que acompañan varios de los relatos (dualidades, trilogías, cuartetos) sobresaliendo como entidad mayor el 9 (vinculado especialmente a Dante y la tradición pitagórico-platónica).

     Decía Borges que la resolución del enigma es siempre inferior a su formulación. En este sentido, varios de los relatos se organizan de modo tal que el narrador guía al lector a través de caminos abiertos o cerrados hacia un desenlace no esperado, sugiriendo su pertenecencia al género policial. Éste no nace ni se desarrolla como producto de la inspiración o la casualidad, sino como consecuencia de la elaboración de un plan cuidadosamente formulado donde las pistas, huellas y vestigios (verbales o fácticos) son los que cuentan en su resolución.

     “Gesta de salón” es un ejemplo tipo: en una escenificación teatral, como parte de la obra, Luis extrae un arma. Se produce un apagón previsto. Al encenderse nuevamente las luces, Antonio, el protagonista, yace muerto. Luis proclama su inocencia. Su padre, Augusto, exige a la policía que se haga una prueba de balística. Todo parece acusar a Luis, pues hay un lío de faldas de por medio. El padre porfía: “Hay otras posibilidades: que le hayan cambiado las balas de la pistola sin que él lo sepa, o incluso que haya sido otro el que tiró...” El padre realiza investigaciones por su cuenta. Por fin se ve la luz al final del túnel: balística demuestra que la bala no fue disparada por el arma de Luis. Llega el padre a casa y al abrir un cajón saca la pistola aún con una bala, “porque los tiempos no están para desperdicios.”

     Poseedor de amplios recursos y técnicas narrativas, rico vocabulario, poder de sugerencia, Carlos Herrera confirma ser una voz con personalidad propia y que augura un futuro creador promisorio.