HUAMANGA: TRADICIÓN Y MODERNIDAD

 

 

 

Discurso de Orden pronunciado por el Dr. Iván Ruiz Ayala en el local institucional del Club Departamental Ayacucho de la ciudad de Lima, el 24 de abril de 1999, con motivo de conmemorarse el 459º aniversario de la fundación española de la ciudad de Huamanga.

 

 

 

 

Señoras, señores:

 

            Seguramente el día estaría claro y el cielo, de un azul-añil intenso y profundo; el Rasuwillka, poblado de su blanco penacho; el Campanalloq y La Picota, cubiertos de una densa vegetación; los lejanos picos azules del sur se verían difuminados por la distancia esa mañana del 25 de abril de 1540, cuando el magnífico señor, teniente de gobernador, capitán Vasco de Guevara, acompañado de los muy nobles señores Juan de Berrio y Rodrigo de Tinoco, alcaldes ordinarios de la villa; y Francisco de Cárdenas, Vasco Suárez y Martín de Andueza, regidores; acompañados también de Alonso Valles, Alonso Sevillano, Bernardino de Mella, Alonso Díaz de Carrión, Antonio Porras, Juan Sánchez, Martín de Garay y Andrés Hernández; Pedro Sánchez y Francisco de Cáceres (ambos clérigos); Francisco de Sosa, Alonso García, Bernardino de Sosa, Esteban Sánchez y Alonso Martín de Escarcena arribaron al llano de Pucaray -junto a sus mujeres (que posiblemente llevaban ya en su seno a los que iban a ser los primeros huamanguinos) y los numerosos indios de las etnias de región- por la planicie del Arco y las Maravillas, después de haber pasado antes, -como dice Efraín Morote Best- por la quebrada de Purakuti, la planicie de Mollepata, las colinas de Achupata y Umaorqo.

            Venían de un pueblo de indios que había dado nombre a la primera población -el Primer Libro de Cabildos afirma que el lugar era Quinua-, y donde un año antes, el 29 de enero de 1539, el propio marqués Francisco Pizarro, “Adelantado gouernador E capitán General En estos rreynos de la nueva castilla...&./”, acompañado también de un pequeño contingente de españoles e indios, había realizado la ceremonia de fundación de la “villa de san juan de la frontera de guamanga” “En nombre de su magestad”(...) “por aumentación de su rreal corona E patrimonio E porq. ansí convenya a la tierra E naturales Della por el alzamiento del caciq. manco ynga yupangui, señor natural de los yndios destos Reinos...”, según se puede leer en la Provisión librada el 30 de enero de 1539, por cuya virtud nombra a Francisco de Cárdenas como su lugarteniente de la flamante población fundada la víspera.

            Cuando 13 meses más tarde, los vecinos -luego de un prolongado debate que incluyó una inspección ocular a los sitios de Chupas y Cochas- trasladan la población al llano de Pucaray, llevan consigo el nombre hispano (San Juan de la Frontera) así como el del poblado indio (Guamanga). La ciudad así nacida reflejaba en su propio nombre el carácter mestizo que la caracterizaría en los siglos siguientes.

            Tan rápido se edificó la ciudad (de día y de noche) que cuando en 1546 pasó por Huamanga el cronista Pedro Cieza de León, no ocultó su admiración al decir que ella tenía “las mayores y mejores casas que hay en todo el Perú”. Y 40 años más tarde, en 1586, en la “Relación de la ciudad de Guamanga y Términos”, dicen Pedro de Rivera y Antonio de Chávez: “es tenido este sitio por el mejor y de más sano temple de todos los pueblos poblados que hay en este reino y aun en muy gran parte del mundo”. Y podrían citarse decenas de declaraciones de cronistas y viajeros ilustres desde el S. XVI hasta el presente.

 

UNA VISITA A LA PREHISTORIA

            ¿Poblaban los españoles un territorio deshabitado y sin pasado? En el territorio conquistado, la historia no era reciente. Aproximadamente 22,000 años A.C. se habían establecido en la región pequeños grupos nómades que dejaron su impronta en la cueva de Pikimachay. Entre los 10,000 y 5,000 años A.C. llegaron otros habitantes a esta región de los andes organizados en grupos de recolectores y cazadores, como puede verse en los restos que se han encontrado en Jaiwa, Puente y Huanta.

            Entre 4,000 y 2,000 antes de nuestra era en Cachi, Chinua y Piki descubren los naturales la agricultura y la crianza de animales, se organizan las primeras comunidades en aldeas. 1,000 años A.C. en Andamarca y Wichqana aparecen las comunidades aldeanas con economía agropecuaria y producción de cerámica. Hacia el inicio de nuestra era en Chupas, Lambras, Kichkapata y en Rancha, Tunasniyoq y Qarqampata surgen nuevos pueblos y culturas. La cultura Huarpa se manifiesta en Ocros, Cruz Pata y Caja.

 

EL IMPERIO WARI

            Hacia el año 600 D.C. puede situarse, según los estudios arqueológicos, el inicio de lo que vendrá en llamarse el Imperio Wari. En su apogeo, Wari llega a dominar, mediante conquistas y posiblemente alianzas, buena parte del antiguo Perú, desde Lambayeque y Cajamarca por el norte, hasta Arequipa y Cusco por el sur. La capital del imperio estuvo ubicada muy cerca de la ciudad de Huamanga. La ciudad de Wari tenía una extensión de 18 kilómetros cuadrados y se calcula que llegó a albergar en su época de mayor apogeo a 50,000 habitantes. Hacia el año 1100, por causas que se desconocen, Wari declina y desaparece.

 

LOS CHANKAS

            Dice Enrique González Carré que “luego de la desaparición de Wari se constata en la región de Ayacucho la presencia de pueblos con otras costumbres, diferente organización social y política, y nuevas manifestaciones culturales. Es el periodo de los estados regionales militaristas o Confederaciones que surgen  luego de la desaparición de Wari y antes del surgimiento del Imperio Inca, y que se ubicará entre los años 1200 y 1470”.

            El nombre de esta confederación de pueblos era el de Chankas. Pero no se trataba de una sola nación, sino de un conjunto de naciones que no necesariamente compartían una sola organización social, sino que contaban con tradiciones propias.

            Estos grupos que se identificaban con la nacionalidad chanka se hallaban dispersos en los actuales departamentos de Huancavelica, Ayacucho y Apurímac. Sus miembros se reconocían “descendientes de un tronco común (su pacarina era la laguna de Choclococha), establecían relaciones en términos de parentesco, con una tradición cultural reconocida, y pertenecientes a un grupo social articulado de forma que les es peculiar”, dice Luis Millones. Garcilaso escribe en los Comentarios Reales que: “Debajo desde apellido Chanka se encierran muchas otras naciones, como son Hancohuallo, Utunsulla, Uramarca, Uilla y otras”.

            A mediados del siglo XV (a menos de cien años del arribo de los españoles) se produjo el enfrentamiento entre los Incas del Cusco y los Chankas de Huancavelica, Ayacucho y Andahuaylas por razones geopolíticas: Los chankas necesitaban expandirse hacia el sur, y los Inkas hacia el norte. Esta guerra está descrita por varios cronistas, quienes afirman que aquéllos llegaron hasta las puertas del Cusco y la sitiaron. El inca Wiracocha huyó ante este avance. Un hijo menor del inka, por nombre Inka Yupanqui es quien decide quedarse, organizar la defensa y contener a los invasores. Después de vencerlos tomó el nombre de Pachacútec Inca Yupanqui, y es reconocido como el gobernante que incidió de manera directa en la expansión del Imperio Incaico hacia el norte.

            Una facción del ejército chanka al mando de Ancco Wayllu no aceptó el dominio inca huyendo hacia el norte, internándose por la ceja de selva y estableciéndose en territorio que pertenece actualmente a la provincia de Lamas en el departamento de San Martín. Lo interesante es constatar que el quechua hablado en la actualidad por los lamistas corresponde al que actualmente se habla en los departamentos de Huancavelica, Ayacucho y en la provincia de Andahuaylas y que es conocido como quechua chanka o quechua ayacuchano.

 

EL DOMINIO INCA

            Para administrar el nuevo territorio conquistado, los incas edificaron la ciudad de Vilcashuamán (Halcón sagrado), lugar equidistante de los extremos del Tawantinsuyo. Para ello trajeron especialistas del Cusco y construyeron el templo al sol; junto a él se encontraba el templo de la luna y la casa de las escogidas o akllawasi. En las inmediaciones se encuentra el ushnu, pirámide hecha con terraplenes.

 

LOS MITMAS O MITIMAES

            Con relación a los habitantes nativos, los incas utilizaron la política de los mitimaes, esto es, poblaciones completas fueron movilizadas de un lado a otro del territorio. Grupos de familias fueron trasladados de sus provincias de origen con la finalidad de que instalados allí se integrasen a la población aborigen con fines de pacificación. Y a la inversa, pueblos rebeldes eran desplazados de su territorio original a otras zonas, de modo que no sólo se los desvinculaba de su territorio de origen, sino que además, se desarticulaba, en muchos casos, su trama social y cultural.

            Según las fuentes documentales, pocas regiones fueron tan mitimaizadas como la zona norteña del actual departamento de Ayacucho. Enrique González Carré proporciona la siguiente lista de poblaciones mitimaes en la región: “Los Antas ocupaban el pueblo de Huamanguilla. Colindaban con ellos los Acos, que dieron lugar al actual pueblo de Acos Vinchos. En la cuenca del Pampas estaban los Papres, Aymaraes y Huancas. Algunos grupos yungas del norte del Perú fueron distribuidos en la zona de Cangallo, mientras que los Canchis fueron desplazados en la zona de la provincia de La Mar. Los Canas se desplazaron a Pomabamba, los Collas del Altiplano fueron llevados a Vilcashuamán y Andahuaylas. Los Chachapoyas dieron lugar al pueblo de Chiara. Al refundarse la ciudad de Huamanga, un grupo de Lurinhuancas se instaló en el barrio de Calvario (donde aún hasta ahora existe la calle que se llama Huancasolar) y otro pueblo de Lurinchilques se instaló en el barrio de Santa Ana.”

            Concluye González Carré: “Esa particular convergencia de diversas etnias, con diferentes herencias históricas y tradiciones culturales también diferentes, procedentes de los más diversos lugares del Perú andino, dio lugar a un encuentro, conflictivo a veces (pero en definitiva fecundo), de todas las sangres y raíces presentes en aquellos tiempos, que se sedimentan en la fundación de la ciudad de san Juan de la Frontera de Huamanga”.

            Hay que decir, en honor a la verdad, que en ninguna de las listas que presentan los cronistas existe ningún pueblo o etnia que se denomine Pocra. Tanto Jaime Urrutia como González Carré atribuyen esta denominación a una corrupción fonética de la palabra quechua Pucaray, lugar a donde se trasladó la ciudad en abril de 1540. La única referencia a la palabra en cuestión se  encuentra en la “Relación de Huamanga y sus Términos” de Pedro de Rivera y Antonio de Chávez de 1586, y dice así:  “Y antes que este pueblo se poblase [se refieren a la ciudad de Huamanga], el sitio de él era de unos indios Guanyacóndores, y tenían algunas sementeras, aunque pocas, en él y se llamaba Pocra, por respeto de unas hierbas que aquí se dan”.

 

HUAMANGA EN EL SIGLO XVI

            ¿Cómo era la sociedad huamanguina en el siglo XVI? Se encontraba formada básicamente por tres estamentos. A la cabeza de la pirámide social se encontraban los españoles encomenderos, una treintena. Por otro lado, había poco más de medio centenar de españoles que tenían casas en la ciudad, pero no tierras. En total, la población de españoles se encontraba alrededor de 150 “poco más, poco menos”, dice el cronista. A continuación venían los indígenas que dependían de un español encomendero o sin encomienda. Finalmente, los yanaconas, negros y moriscos. Fueron los indígenas quienes construyeron de día y de noche la naciente ciudad con sus casonas y templos.

            A diferencia del Cusco o de Cajamarca, que se construyeron sobre ciudades incas, Huamanga no se edificó en la ciudad inca de la región, Vilcashuamán, sino que fue labrada desde sus cimientos como una típica ciudad hispana. El único resto de una construcción inca en la ciudad parece ser el paramento de piedra que rodea la puerta de ingreso a la Casona Velarde-Álvarez en la Plaza de Armas.

 

ACONTECIMIENTOS NOTABLES: SIGLOS XVI Y XVII

            ¿Qué sucesos ocurrieron en Huamanga a lo largo de la colonia? El 16 de setiembre de 1542, apenas dos años después de emplazada la ciudad, se enfrentaron en Chupas las fuerzas realistas del Licenciado Vaca de Castro con las del sublevado joven Almagro. Después de la batalla, varios de los rebeldes fueron pasados por las armas en la Plaza Mayor de la villa, que durante un breve tiempo cambiaría su nombre original de San Juan de la Frontera por el adventicio de San Juan de la Victoria. Ese mismo año de 1542 (25 de setiembre), los vecinos solicitarían a la corona, para su villa, la categoría de ciudad. La obtendrán dos años más tarde (17 de mayo de 1544).

            En 1546 el conquistador Juan Pantiel de Salinas, en nombre de la ciudad, solicitó al emperador Carlos V un escudo de armas, escudo que su hijo Felipe II concedió en 1564 con estas características: “en campo de azur un castillo de oro tarrasado de sinople y superado por el Agnus Dei entre nubes, echado sobre el Libro de los siete sellos y portando una banderola de gules rematada en dos puntas y cargada con una cruceta de plata”.

            Posteriormente, por gestión de sus procuradores en la corte española, se concedió a la ciudad el título de Muy Noble y Muy Leal Ciudad de San Juan de la Frontera de Huamanga. Este título encabezó desde entonces todos los escritos oficiales, notariales y eclesiales, durando el real privilegio hasta la capitulación de Ayacucho.

 

LA VIDA RELIGIOSA

            Uno de los factores que más ha contribuido a dar la particular fisonomía que caracteriza a nuestra ciudad ha sido la vivencia religiosa. Ya desde la primera hora de la fundación, se levantó una capilla como fue San Cristóbal. Después de los sacerdotes seculares llegaron los religiosos. Así, los mercedarios se establecieron en 1541, los dominicos en 1548, los franciscanos en 1552. Los jesuitas llegaron en 1605 y los agustinos en 1618. A los conventos de religiosos siguieron los monasterios: Santa Clara, establecido en 1568 y Santa Teresa, en 1683.

            La vida religiosa entre españoles e indígenas se encontraba separada. Había una parroquia de españoles -que era la del Sagrario-  y dos parroquias de indios -Magdalena y Santa Ana-, conocidas por ellos como Hurin parroquia y Hanan parroquia.

            La erección del Obispado de Huamanga data del 20 de julio de 1609, cuando el Papa Paulo V la creó, a solicitud del rey Felipe III, desmembrándola de los de Cusco y Lima, y siendo el primer obispo Fr. Agustín de Carbajal. La consagración de la Iglesia Catedral tuvo que esperar poco más de medio siglo y fue llevada a cabo el 19 de mayo de 1672 por el dinámico obispo Cristóbal de Castilla y Zamora, fundador también de la Universidad el 3 de julio de 1677.

            Al finalizar el S. XVII los principales edificios de la ciudad eran las iglesias de La Compañía, Santo Domingo, San Juan de Dios, San Agustín, Santa Ana, la Magdalena, La merced, San Francisco, el hospital San Juan de Dios, el Seminario Conciliar y la Universidad. También existía el puente de Huatatas y el acueducto de Sutuq Chaka.

 

EL SIGLO XVIII

            El 17 de junio de 1719 un temblor grande echó por tierra varios edificios, aterrando a sus habitantes, los cuales necesitarían varios años para reconstruir su ciudad. A inicios del S. XVIII ya no se encuentran con tanta facilidad indios mitayos; ahora escasean los tributarios y el tributo mismo.

            Huamanga no se hará eco del levantamiento de Túpac Amaru en 1780. Pero después de haber vivido en relativa prosperidad los siglos XVI y XVII, en el XVIII comienza a menguar el comercio. Varios títulos de Castilla se trasladan a Lima y la ciudad empieza a decaer.

            En 1784 se produce un importante cambio en la administración del virreinato, cuando por disposición del rey Carlos III desaparecen los corregimientos y se constituyen las intendencias. De las siete que existieron en el Perú, una de ellas fue Huamanga que, a su vez, comprendía los siguientes partidos: Huamanga, Huanta, Andahuaylas, Lucanas, Anco y Vilcashuamán.

            En el “Informe” del intendente Demetrio O’Higgins de 1804 se afirma que la ciudad tenía un total de 23,000 pobladores españoles y mestizos y 21,000 indios. En el “Diario de la marcha del presidente José Luis Orbegoso a los departamentos del sur”, de 1834, se señala que la ciudad cuenta con sólo 29,000 habitantes.

 

HUAMANGA Y LAS GUERRAS POR LA INDEPENDENCIA

            Un capítulo especial constituye el de las guerras por la independencia que encontrarán el terreno propicio en Huamanga debido a su carácter de ciudad principal. En 1812 se produce una conspiración para acabar con el poderío español y que ha pasado a la historia bajo el nombre de “La sedición de Huamanga”.

            Cuando en 1814 estalla la revolución de Mateo Pumacahua en Cusco, los revolucionarios acuerdan enviar una de las columnas hacia Huamanga al mando de Mariano Angulo, Gabriel Béjar y Manuel Hurtado de Mendoza. Es en estas circunstancias que el 31 de agosto de 1814, cuando se iba a producir la salida de las tropas del cuartel de Santa Catalina (donde actualmente se encuentra el local del Policía Nacional en la calle 28 de julio), tuvo lugar la famosa intervención de una campesina huamanguina, Buenaventura Munive, más conocida como Qalamaqui Ventura, quien arengó a la multitud para impedir la salida de la tropa que iría a luchar contra sus propios hermanos de sangre. La revolución patriota fracasó lastimosamente y los jefes patriotas fueron capturados.

            El siguiente hecho digno de destacar es la llegada del general Juan Antonio Álvarez de Arenales y sus tropas a la ciudad. Después de desembarcar en la bahía de Paracas el 8 de septiembre de 1820, el general San Martín envió una expedición al centro del país al mando del general Álvarez de Arenales, siendo el primer objetivo la ciudad de Huamanga. Allí proclamó la independencia el 1º de noviembre de 1820. Seis días después hacía lo propio en Huanta, dirigiéndose luego hacia el Valle del Mantaro.

            La ciudad fue ocupada tanto por tropas realistas como patriotas. Quienes habían apoyado la causa de la libertad tuvieron que salir de la ciudad a las pocas semanas ante el avance godo y se refugiaron en la zona de Cangallo donde hicieron frente a los realistas, siendo derrotados el 2 de diciembre. Un año más tarde, el 17 de diciembre de 1821, se produjo el holocausto de Cangallo, cuando el general José Carratalá al no poder impedir el continuo apoyo de los morochucos a la causa patriota mandó incendiar el pueblo.

            A fines del mes de marzo de 1822, fue detenida en la ciudad de Huamanga María Parado de Bellido, quien prefirió la muerte a dar a conocer los nombres de las personas que la habían ayudado a escribir una carta, donde alertaba al jefe guerrillero patriota Cayetano Quiróz de los desplazamientos de las tropas realistas. María Parado de Bellido, ilustre matrona huamanguina, fue fusilada en la pampa del Arco el 1º de mayo de 1822.

            Son numerosos los vecinos y las vecinas de Huamanga que actuaron apoyando la causa patriota. Habría que mencionar a Juan de Alarcón, Felipe Rosel, Juan Boza, Melchor Espinosa, José María Gutiérrez, sin nombrar las acciones heroicas que llevaron a cabo por razón de espacio.  Habría que citar de manera especial al valeroso morochuco Basilio Auqui, fusilado en la plazuela del monasterio de Santa Teresa, con sus hijos, el 22 de julio de 1822.

            No creo que fuera casualidad histórica el hecho de que la más importante batalla librada entre las fuerzas patriotas y realistas se haya llevado a cabo en territorio huamanguino. Huamanga fue durante el virreinato nexo de caminos, paso obligado para quienes se dirigían hacia el sur del país. Fue fundada no sólo como plaza fuerte para hacer frente a las huestes alzadas de Manco Inca, sino como “comedio”, es decir, punto equidistante entre la Ciudad de los Reyes y la Ciudad Imperial. Cuando luego de varios días de marchas y contramarchas, los realistas ocuparon las alturas del Condorcunca y los patriotas, el llano de la pampa de Ayacucho, quedaron las fuerzas expeditas para el combate.

            Hacia el mediodía del 9 de diciembre de 1824, luego de dos horas de ruda batalla con numerosas muertes por ambos bandos, las tropas realistas huían derrotadas, el virrey y los generales españoles capitulaban, y amanecía un nuevo tiempo para el Perú y las naciones hispanoamericanas.

 

CAMBIO DE NOMBRE DE LA CIUDAD

            El general Bolívar, después de conocer el resultado de la batalla, decidió perennizar su nombre dando el 25 de febrero de 1825 un decreto donde acordaba el cambio del secular nombre de la ciudad de Huamanga por el de Ayacucho, y lo mismo con relación al departamento. Desde entonces la ciudad fue conocida como tal en medios oficiales. Pero resulta sorprendente constatar cómo más de 170 años después, los lugareños continúan llamando Huamanga a su ciudad tanto en lengua castellana como quechua.

 

PROPUESTA DE VOLVER A LLAMAR A LA CIUDAD OFICIALMENTE HUAMANGA

            Dadas las circunstancias en las que se dio el decreto de Bolívar -en aquel momento todos luchaban por cortar los lazos políticos con España- se justificaba tal cambio de nombre. Pero desde hace algunos años existe un sentimiento generalizado en la ciudad para recuperar el nombre histórico de la ciudad de un modo oficial.

            Nadie desconoce la importancia que para su tiempo tuvo la batalla de Ayacucho en la historia del estado peruano y entre el conjunto de países latinoamericanos; pero hoy creemos que quienes deciden  el destino de un pueblo, de una ciudad, son sus propios actores, esto es, sus habitantes, sus hijos, nosotros, quienes hemos nacido en esa ciudad y en ese  departamento. Y reivindicamos no sólo un nombre; reivindicamos los siglos de historia que van anexos a él. La ciudad no nació el 9 de diciembre de 1824, sino que su historia se remonta al 29 de enero de 1539, día de su fundación, y al 25 de abril de 1540, fecha de su traslación al llano de Pucaray, donde ahora se asienta.

            Creo que hay una mala comprensión por parte de quienes nos atribuyen una falta de patriotismo o de querer menoscabar la importancia del 9 de diciembre. El presidente de la Sociedad Bolivariana del Perú, en carta enviada al diario “El Comercio”, protestaba hace unos años por este deseo de los huamanguinos. Repito: en ningún momento se está negando el hecho histórico y el significado de tal combate no sólo para Huamanga sino para el Perú y el conjunto de naciones hispanoamericanas. Más aún, creo que nosotros mismos, el Club Departamental Ayacucho, somos una de las instituciones que con mayor dedicación, brío y cariño conmemora anualmente tal efeméride.

            Rechazamos también la crítica de quienes pretenden ver en este cambio de nombre una actitud chauvinista. No creo que la reivindicación de lo huamanguino deba ser calificado con tal adjetivo. Después de décadas de una actitud minusvalorativa por parte de la capital y sus dirigentes hacia el ande, es perfectamente natural que seamos nosotros, sus hijos, quienes corrijamos ciertos malentendidos históricos y expresemos claramente nuestra voz ante el concurso de los distintos pueblos peruanos, latinoamericanos y la comunidad internacional.

 

LA REIVINDICACIÓN DE LO AYACUCHANO

            Los que hemos nacido en el histórico departamento y región sabemos que nuestras costumbres, tradiciones, lengua, y, en general, idiosincracia, difiere no sólo de la de otros pueblos de la costa o la selva, sino de otros pueblos andinos. Reivindicar, exaltar nuestras canciones, tradiciones, costumbres, forma de ver el mundo, indumentaria, comidas, ¿ha de verse como una actitud excluyente? Quienes han adoptado una actitud excluyente hacia lo andino no hemos sido nosotros, sino aquellos que pretenden que en el Perú sólo se habla una lengua, el castellano, y existe una sola cultura, la occidental.

            La reivindicación ayacuchana no constituye exclusivamente un acto de reivindicación de lo folclórico. Esto sería simplificar una cuestión mucho más compleja. Detrás de nuestras canciones, artesanía, bailes y comidas; detrás nuestros vestidos típicos y costumbres, existe una mentalidad, una concepción de vida. Hoy, en plena época de la globalización, somos mucho más conscientes de nuestras características propias que antaño.

            En décadas anteriores, ante el evidente atraso económico de la región, muchos huamanguinos se avergonzaban de ser huamanguinos; muchos codepartamentos experimentaban desazón por haber nacido en el departamento de Ayacucho. En efecto, frente al desarrollo de la tecnología, la industria y el comercio capitalino, frente a sus universidades y centros de educación superior, ¿qué realidades parangonables podíamos ofrecer?

            La República heredó la antinomia establecida por los conquistadores: sociedad de blancos (ahora criollos), y una sociedad de indígenas. Los hacendados y gamonales continuaron detentando la tierra teniendo a su servicio la mano de obra indígena. A lo largo del siglo XIX, la pobreza de la región exilió a decenas de familias que abandonaron la ciudad para establecerse en otras ciudades con mejores perspectivas económicas. Enclavados en la sierra sur, rodeados de montañas, Huamanga se aisló de su entorno. Los hijos -nacidos en Lima o en otra ciudad- no volvieron a la tierra de sus mayores. Y poco a poco la ciudad fue cambiando de actores.

            A partir de los años cuarenta, los jóvenes sintieron la necesidad de cambiar el estado de cosas en la ciudad y se organizaron en asociaciones, clubes, frentes pidiendo mayor atención a los problemas de la región por parte del estado y, en especial, la reapertura de la Universidad.

 

LA IDENTIDAD REGIONAL

            Hay otra razón importantísima en la necesidad de mantener las costumbres y las tradiciones. No se trata de adoptar una actitud contemplativa o de añoranza del pasado; es saber de dónde se viene, por qué somos así. Mantener la lengua, las costumbres y tradiciones es reconocer una identidad a través del tiempo.

            Carece de sindéresis afirmar que en Huamanga y Ayacucho no tenemos identidad. Participamos por igual de dos herencias culturales donde lo hispánico se hermana con lo indígena. Posiblemente seamos la única ciudad y región del Perú que se expresa con igual orgullo tanto en castellano como en quechua.

            Y ello no nos impide participar de la modernidad, entendida ésta como el acceso a la tecnología electrónica en los diferentes ámbitos de la actividad económica, social y educativa, acceso a los medios de comunicación masiva, al transporte aéreo y terrestre, al conocimiento y participación de otras herencias culturales. Más aún: propugnemos en Huamanga y la región el ingreso de la más moderna tecnología, de computadoras y tractores, automóviles y la televisión por cable, pero sin menoscabar nuestra identidad. La riqueza de un país no reside en la uniformidad, sino en la diferencia de cultura de los pueblos que lo conforman.

            Lo que sí es importante es desarrollar una región económicamente poderosa. Sólo teniendo una industria y comercio desarrollados, podremos mantener y difundir nuestra herencia cultural fuera de los límites de la región. Es digno de aplauso, por ejemplo, el que una empresa embotelladora de gaseosas, nacida en el ámbito de la ciudad, sea ahora uno de los líderes en el mercado nacional y con muy buenas proyecciones internacionales. Es de esperar que con el tiempo auspicie un festival local del mismo modo como lo hacen la cerveza cusqueña y la arequipeña en esas ciudades.

            José Carlos Mariátegui se equivocaba al decir que en el Perú no existen regiones. La región de Huamanga está perfectamente definida. Está constituida por los departamentos de Huancavelica, Ayacucho y las provincias apurimeñas de Chincheros y Andahuaylas. Comprende lo que José María Arguedas llamó “espacio cultural chanka” y coincide también con el territorio del original Obispado de Huamanga de 1605. Por el norte limita con la región Mariscal Cáceres de los huancas, y por el sur con la región de Arequipa; por el sur-este con la región Inca, y por el oeste con el nacimiento de los valles costeños de Ica.

            Esta es nuestra región de la que Huamanga y Ayacucho son sólo una parte y a la que tradicionalmente se la ha conocido con el nombre de Región Chanka. ¿Cuáles son sus límites? Los de la lengua. Allí donde se habla el quechua ayacuchano o chanka, esos son los límites de la región.

            A propósito, ¿cuándo se creará en la Universidad de San Cristóbal la Facultad de Lingüística y Literatura quechua? ¿Cuándo se implementará en los planes de estudios, no sólo de la universidad sino en los de los estudiantes escolares de la región, el curso de quechua? Existe actualmente la posibilidad de tener estudios diferenciados por regiones. Y el curso de Historia de Huamanga, ¿cuándo será implementado?

            De igual manera, para fortalecer la identidad regional es muy importante la utilización de los mass media: los periódicos, la radio y la televisión. Deberían existir en Ayacucho programas en lengua quechua, donde no sólo se difundan temas de carácter folclórico, sino de todos los ámbitos del saber: literatura, historia, filosofía, ingeniería, computación, etc. Hace algunos años el lingüista huantino Clodoaldo Soto fundó la Academia de la Lengua Ayacucho-Chanka; después de su ausencia, ¿continúa vigente?, ¿se reúnen los académicos?, ¿editan alguna publicación?

 

LOS AYACUCHANOS EN LIMA

            A partir de los años 40 dio comienzo las migraciones de la sierra hacia la costa, debido a una multitud de factores que han sido estudiados, entre otros, por los sociólogos José Matos Mar (Desborde popular y crisis del Estado) y Hernando de Soto (El otro Sendero). Estas migraciones se vieron dramáticamente aumentadas en la década de los 80 por el fenómeno del terrorismo.

            Muchos huamanguinos, huantinos, sanmiguelinos, cangallinos, fajardinos, puquianos, coracoreños, pausinos, etc. -en su mayoría migrantes de las alturas, con muy poca instrucción- al llegar a Lima perdieron de vista sus raíces. Deslumbrados por las avenidas y calles, los edificios, sin capacidad de hacer frente a la nueva cultura, fueron perdiendo sus costumbres como producto de ese fenómeno sociológico que se conoce como transculturación o aculturación, adoptando a veces formas de vida sincréticas, mixtas, pastiches que se han prestado a las burlas de los capitalinos.

            De allí la importancia de la labor del Club Departamental Ayacucho y de las otras instituciones representativas en la capital, a través de la difusión de la cultura ayacuchana entre sus miembros; promoviendo festividades, exposiciones, recitales y actos culturales, en general, de tal manera que la vinculación y el recuerdo con la tierra se mantengan. Esta difusión debería hacerse extensiva a los medios de comunicación masiva, como la prensa, la radio y la televisión.

            El mundo globalizado moderno ha puesto en nuestras manos otra herramienta de interrelación: Internet. Una de las tareas pendientes del Club es diseñar la página web de la Institución, con todas las conexiones (links) que sean necesarias, incluyendo sonido, fotografías e información relevante para el visitante cibernético de cualquier lado del planeta.

            Hay que considerar, de otro lado, a los migrantes a la ciudad de Huamanga y a la región. Ciertamente las ciudades no son estáticas; cambian y se renuevan con el tiempo. La historia misma nos demuestra que Huamanga es fruto de un rico mestizaje de diferentes pueblos y razas. Por ello, todo migrante a la región es bienvenido. Pero les pedimos que respeten nuestras costumbres y que, poco a poco, adquieran el conocimiento y dominio de la lengua quechua. Son cuestionados, sí, aquellos que pretendan destruir, con sus hechos o actitudes, lo tradicional nuestro.

 

LA REIVINDICACIÓN DEL PASADO EN HUAMANGA

            Asistimos en estos últimos años a una nueva actitud con respecto al pasado. Quienes hemos tenido la suerte de nacer en Huamanga observamos un interés en las autoridades y en las nuevas generaciones por tratar de mantener las tradiciones. Sabemos que no es una actitud generalizada, pero que existe y se deja sentir.

            Esta es una nueva perspectiva, muy diferente, por ejemplo, de la que se vivía en los años 30, 40 ó 50, cuando una mal entendida modernidad creía que lo que debía hacer en la ciudad era destruir las viejas casonas coloniales para edificar modernos edificios de hormigón y ladrillo.

            El ilustre escritor andahuaylino José María Arguedas afirmaba en un artículo publicado en la década de los 50 que la burguesía huamanguina se avergonzaba de los que ellos llamaban el “atraso de la ciudad” (una ciudad  labrada en piedra) mandándola cubrir de cemento. Un ejemplo de esa afrenta a la tradición la encontramos en el hermoso Arco del Triunfo, levantado en 1866 para conmemorar la victoria de Ayacucho, construido totalmente en cheqo, según se puede ver en fotografías de la época, y que hacia 1950 fue cubierto de cemento que es como ahora luce. Una de las obras del patronato de Ayacucho, del CETAR o de la Municipalidad, debería consistir en restaurar el Arco para mostrarlo en su primitiva y original desnudez.

            ¿Puede imaginarse a las ciudades de Toledo o Granada o Sevilla cubiertas de cemento en sus sectores históricos? ¿Permitirían los portugueses destruir la ciudad de Évora; los catalanes, el barrio gótico de Barcelona; los flamencos, que se echen abajo Brujas o Gante; los italianos, las hermosísimas ciudades de Florencia, Venecia; los austríacos, la ciudad de Salzburgo; y tantas otras ciudades medievales o renacentistas?

            Como dato anecdótico quiero decir que yo mismo, provisto de un cincel y de un martillo, me encargué hace algunos años de quitar esos añadidos falsificadores a las columnas y arquerías de la casona colonial familiar, tratando de recobrar su antigua y original grandeza.

            Es cierto que la pobreza y el abandono han sido una de las causas por las que las viejas casonas se han fragmentado y partido, por las que se han venido por tierra. Sin embargo, no por ello se puede justificar el hecho de que edificios coloniales, como el local de la antigua Intendencia de Huamanga, de doble arquería y profusas columnas -y que había sido posiblemente uno de los más hermosos edificios de la ciudad-, tuviera que ser echado por tierra para construir allí una escuela. Nadie se opone a la edificación de escuelas y colegios, pero ¿debía hacerse a costa de la destrucción del patrimonio urbano?

            El Patronato de Ayacucho (Instituto Nacional de Cultura; Ministerio de Industria, Comercio, Turismo e Integración; Arzobispado), el Club Departamental Ayacucho están obligados a velar por el patrimonio cultural, arquitectónico y artístico de la ciudad, para que jamás salga un solo cuadro de un templo, ni una sola escultura, para que no se eche por tierra una sola edificación colonial más.

            Urge por ello hacer un inventario de los bienes artísticos de la ciudad y de la región. Que no se vuelva a repetir la expoliación que se produjo con los 24 cuadros de la Pasión de Cristo que todavía Aurelio Miró Quesada vio y describió en 1947 en su libro Costa, sierra y montaña pertenecientes a la Capilla de Orcasitas y que nadie sabe de qué modo vinieron a dar a una iglesia del distrito de San Isidro, aquí en la ciudad de Lima (“No esperábamos nunca, al entrar en esta casa, con altos corredores y una vista bellísima, encontrar la maravillosa serie de cuadros que adornan la capilla”). Esas propiedades no pertenecen exclusivamente a un particular, sino a la ciudad, entendámoslo bien. Los poseedores de tales bienes son sólo administradores; ejercen la tenencia, mas no la propiedad. ¿Podremos recuperar para la ciudad estos y otros bienes artísticos sustraídos a lo largo de décadas de incuria y pobreza?

 

LA HISTORIA ACTUAL

            El historiador Lorenzo Huertas (a quien debemos el hallazgo y publicación de importantes documentos sobre la ciudad) establecía en 1977 tres fases en la historia de Huamanga: “La primera que comienza con la fundación de la ciudad en abril de 1540 hasta mediados del siglo XVIII, caracterizada por un activo proceso productivo comercial con una población que sobrepasaba a la que tuvo en 1920 [que era de apenas 16,000 habitantes]. La segunda fase abarca desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta 1950; en este lapso decayó la manufactura, la artesanía, el comercio. La tercera que corresponde a los últimos 27 años y que significa un reactivamiento económico que reposa sobre una base burocrática-comercial”.

 

LA UNIVERSIDAD Y SENDERO

            Uno de los factores que contribuyó a la revitalización de la ciudad fue ciertamente la reapertura de la Universidad de San Cristóbal, luego de 73 años de clausura, en abril de 1959. Como primer centro de estudios superiores de la región, la Universidad tenía la misión de efectuar una descripción y análisis de la problemática regional para proponer y aplicar soluciones en todos los ámbitos de su actividad académica. Las consecuencias de tal estudio no podían obviarse.

            Profesores y alumnos recorrían el departamento haciendo lo que llamaban “trabajo de campo” y constataban el atraso y pobreza de las comunidades campesinas. De esta forma se generaba un contraste que con el tiempo sería explosivo: el progreso intelectual de la ciudad y el atraso económico del campo. En abril de 1980, luego de varios años de preparación, estallaba la violencia que habría de empañar la ciudad, la región y el país entero por más de una década. Las consecuencias de la guerra entre Sendero Luminoso y el Estado peruano las hemos vivido todos de manera directa o indirecta.

            La juventud ayacuchana se vio envuelta en la confrontación y cayeron combatientes de ambos lados: de entre quienes buscaban “generar la contradicción” y creían que “el poder nace del fusil”, y quienes pensaron, al principio, que se trataba de una simple revuelta estudiantil, como la de los años sesenta o setenta, y que podía ser contenida por las fuerzas policiales. Algunos testimonios han empezado a conocerse en estos últimos años, pero otros recién se conocerán recién dentro de algunas décadas. Los hechos son recientes y harán falta por lo menos dos generaciones para restañar las heridas abiertas por esta guerra fratricida.

 

EL TURISMO Y LA RECUPERACIÓN DEL CENTRO HISTÓRICO        

             Hemos afirmado anteriormente que hablar del desarrollo económico de la región lleva indefectiblemente al tema turístico. Huamanga es, como bien sabemos, región pobre en recursos naturales. Huanta, San Miguel, Lucanas, Parinacochas están mejor provistas de condiciones naturales.

            Sabemos que España cuenta con aproximadamente 40 millones de habitantes, pero recibe cada año el doble de visitantes gracias al turismo que capta. Lo mismo ocurre con Italia y Grecia. Por los recursos que posee, Huamanga está llamada a convertirse en el principal o uno de los principales focos turísticos del Perú. Veamos: En Cusco cuentan con Machu Picchu, ¿acaso no contamos nosotros con Vilcashuamán? ¿Acaso nuestros templos no son muestras de un arte arquitectónico religioso digno de compararse con los más hermosos de la América colonial y la propia España? Y en cuanto a arquitectura civil, ¿no poseemos las más hermosas casonas coloniales donde arquerías y balaustradas, ventanas y portones se dan la mano?

            Pareciera que sólo el Cusco acaparara la atención de los inversores. Por doquier restauraciones, construcción de hoteles, tours, etc. Todo ello está muy bien. Pero Huamanga tiene méritos más que suficientes para estar presente en la mira del turista extranjero y nacional: no se trata únicamente de su pasado colonial y precolombino, sino de la belleza de sus riquezas naturales. Ayacucho debe incluirse necesariamente en toda ruta hacia el Cusco. Geográficamente e históricamente nos encontramos a medio camino de la ruta entre la Ciudad de los Reyes a la Ciudad Imperial. Los aviones que se dirigen hacia ésta deberían hacer escala en nuestro aeropuerto. Las autoridades deberían realizar gestiones ante los organismos financieros internacionales a fin de captar su interés respecto de proyectos de restauración, edificación de hoteles, etc.

            Urge desarrollar en Huamanga, al nivel de toda la ciudadanía, una fuerte y dinámica campaña de educación cívica y turística, de difusión de las riquezas y tesoros culturales y arquitectónicos con los que cuenta la ciudad. Para ello, la Universidad, Institutos de Educación Superior, colegios y escuelas, cumplen un papel esencial. Se requiere también de la preparación de personal capacitado para ejercer de especialistas en hostelería y guías de turismo.

            Devolvamos poco a poco a Huamanga su antigua magnificencia, es decir, devolvámosle su carácter de ciudad colonial. Quitemos las horribles calaminas y reemplacémoslas por tejas; levantemos el cemento de la Plaza Mayor para reemplazarla por lajas de cheqo, restauremos las fachadas de las casas, devolvamos los antiguos nombres quechuas e hispanos a los barrios y calles de la ciudad, conservemos las costumbres, difundamos los escritos de los cronistas y viajeros que hablan sobre nuestra tierra.

            ¿Podremos algún día enlocetar o empedrar el circuito que va de la Plaza de Armas a la Alameda a lo largo de todo el jirón 28 de julio que es, posiblemente, el más hermoso de toda la ciudad? ¿Se podrá trasladar el mercado de abastos a un lugar más idóneo, a un edificio  ad-hoc -previo acuerdo con los comerciantes- para que de ese modo quede libre la Plazoleta y puedan estar, como hasta inicios del S. XX, frente a frente, las iglesias de San Francisco y  Santa Clara? ¿Podrá establecerse un convenio entre las autoridades regionales y las religiosas del Convento de Santa Teresa para restaurar totalmente el convento y la iglesia, y abrir sus puertas al turismo nacional e internacional, al modo del Convento de Santa Catalina de Arequipa? ¿Se podrá recuperar el tradicional barrio de San Blas, el de Puka Cruz, el de Santa Ana? ¿Podremos construir un terrapuerto donde tanto los viajeros como las empresas terrestres gocen de todas las facilidades y comodidades del caso (taxis, cómodas salas de espera, ventanillas de atención, información turística, etc.), y regular así el desorden actual de tener agencias regadas por toda la ciudad? ¿Se logrará ordenar el tránsito vehicular limitando el número y recorrido de las combis y ómnibus, efectuando las señalizaciones debidas en las calles? Y en relación con el mobiliario urbano, ¿se adecuarán éstos al conjunto arquitectónico de la ciudad?

            Invitemos a las entidades financieras nacionales e internacionales a comprar casonas en Huamanga para restaurarlas, como ha sido hecho por el Banco de Crédito, el Banco Wiese y el Banco de la Nación. Invitemos a los comerciantes de la selva de La Mar y de La Convención a invertir en Huamanga. Convenzamos al Gobierno de la necesidad de seguir invirtiendo en Ayacucho, no sólo por el bien de la ciudad, sino de la región y el país. El CETAR, la Cámara de Comercio de Huamanga, la Universidad, el Concejo Provincial, el Arzobispado, el INC, el Patronato de Ayacucho, entre otras instituciones, están llamadas a desempeñar un papel nuclear en la reactivación económica y turística de la región a través de la promoción de actividades de todo tipo: festivales, congresos, simposios, conciertos, competencias deportivas, conmemoraciones religiosas, etc.

            Mantener una casa antigua cuesta mucho dinero; es mucho más fácil derribarla y mandar hacer otra moderna. Cuidar una ciudad colonial es empresa de toda la vida; sin embargo, los beneficios que se pueden alcanzar son muy grandes tanto en términos económicos, cuanto en educación, cultura e identidad. No debemos olvidar los huamanguinos y ayacuchanos en general, que tenemos la obligación de entregar a las futuras generaciones este legado de nuestros mayores.

 

FINAL

            Los arequipeños suelen decir que “no en vano se nace al pie de un volcán”, en alusión al Misti. Los huamanguinos decimos que no en vano se ha nacido en una ciudad con casi 5 siglos de historia; que no en vano se ha visto la luz en el lugar donde se consolidó la patria; que no en vano se ha visto la luz en una región perteneciente a la confederación chanka y que puso en zozobra al propio Imperio Incaico; que no en vano se nace en un lugar donde durante por seis centurias dominó el Imperio Wari; que no en vano se ha nacido en una región donde se ha encontrado la huella más antigua del hombre en América.

            El porvenir de Huamanga está en nuestras manos. Cuando hace tres semanas arribaba a la ciudad para participar en las festividades de Semana Santa por una hermosa carretera, luego de tan solo ocho horas de recorrido, y volvía a sentir el olor de la tierra mojada, de la tuna, el molle y la cabuya, no podía contener la emoción que me embargaba: las tejas y los campanarios, las pencas y las retamas, los campesinos con sus trajes multicolores, el runa simi, el Campanalloq, la Picota, y el Rasuwillka a lo lejos... Tal es la historia que rememoro y el futuro promisorio que entreveo en la víspera del 459º aniversario de la fundación de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de San Juan de la Frontera de Huamanga.

 

 

Muchas gracias.

 

 

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