DE LA TIERRA Y EL AMOR
LA POESÍA DE ORLANDO GERMÁN
En 1539 el español Antonio de Guevara publicó un libro muy popular en su época bajo el título “Menosprecio de corte y alabanza de aldea”, continuando con una tradición iniciada por Quinto Horacio Flaco en el S. I a.C., de denostar de la vida en la ciudad y elogiar la vida del campo. Esta misma contraposición puede observarse en Don Quijote de la Mancha: cuando es vencido por última vez, luego de haber vivido múltiples aventuras, decide convertirse en pastor y hacer partícipes de esta vida a Sancho y sus vecinos.
En nuestra actual y populosa Lima, donde el fárrago de los ruidos y del smog han establecido su asiento, es natural que se perciba con bastante nitidez la oposición ciudad/campo y que muchas familias hayan decidido establer sus predios en los valles o zonas periféricas donde aún se puede respirar un poco aire puro y no ser molestado por ruidos extraños.
En realidad, Orlando Germán (Chilca, 1952) no ha tenido que abandonar la capital, pues nació en una pequeña población del sur, y, aunque siguió estudios de literatura en San Marcos, ha preferido trabajar cerca de los suyos, ejerciendo el triple oficio de profesor, agricultor y poeta.
“Ascención a la noche” es el pequeño libro que ha publicado Lluvia Editores (octubre 1997, 46 p.) y donde las vivencias del poeta traslucen experiencias netamente campestres. Aquí, el ciclo de vida está ligado a la tierra; la relación hombre/naturaleza es estrecha e indisoluble. Las estaciones del año determinan el modus vivendi de la población, y, de ellas, la privilegiada es ciertamente el de la renovación de la vida.
La siembra es tiempo de esperanza. Cuando cae el grano a tierra, “La tierra húmeda /secreta/ se extremece /y se inicia entonces/ la pulsación de la insólita aventura” (p. 15). Es fácil derivar la geminación hacia el erotismo, en una amalgama de humus y cuerpos: “Aroma de mugidos en la lluvia /Rumor de estiércol y capullos / Sudor de axilas y lomos ondulantes /-Pulsación de la sombra en el mito-” (p. 13).
Mito que, según el poeta, puede sintetizarse en las palabras “no es de mortales ser amado”. Se accede a la inmortalidad a través del amor, o, mejor aún: amar es una cualidad divina que nos hace dioses, aunque participemos de su naturaleza sólo unos breves momentos.
La conciencia del hombre de su ser-para-la-muerte es accesoria en Germán (“Hombre”). Se trata, en todo caso, del principio de renovación de la vida. Todo lo que muere contribuye a crear las condiciones necesarias para el nacimiento de los nuevos seres: “Renunciando a su vuelo /se precipitan las cigarras / Estiércol y humedad/ acogen sus sombras // Y a nuevos impulsos emergen / con la flor constelada / Y son trinos que se prolongan tanteando las orillas” (p. 16).
Es posible que Quinto Horacio Flaco y sus seguidores estuvieran equivocados: no es la vida del campo exclusivo lugar para idilios o tiempo de solaz y despreocupación. El campo no espera. Al rayar el alba se inicia la ineludible jornada diaria. Sin embargo, al volver a casa se renuevan los mitos eternos. No es la noche símbolo de lo perecedero y caduco, de la oscuridad y futilidad de la vida. En Orlando Germán es luz, vida, presencia resplandeciente de los cuerpos que aspiran a su perpetuación.