LA POÉTICA DEL SILENCIO
Fueron exactamente 90 los años de Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911-2001). Le rodeó desde muy joven la extraña aura de la gloria gracias a la publicación de dos pequeñas plaquetas en 1933 y 1935, Las ínsulas extrañas y Abolición de la muerte. Junto con César Moro contribuyó a remover el polvo del modernismo supérstite a través de la organización de la primera Exposición Surrealista en América Latina (julio de 1935), y animó el languidecente ambiente cultural peruano con la publicación de tres importantes revistas de cultura en distintas etapas de su vida –El uso de la palabra, Las Moradas y Amaru.
La obra inicial de Westphalen está vinculada al apogeo de los movimientos de Vanguardia. Iniciados éstos a fines de los años diez en Europa, pronto se difundieron vertiginosamente por este lado del océano, donde uno de sus más preclaros difusores fue José Carlos Mariátegui. Fue precisamente en las páginas de Amauta donde Westphalen daría a conocer sus primeros escritos.
La originalidad de su poética hay que encontrarla en la intención de mantener el arte independiente de compromisos políticos, sociales y económicos. Para Westphalen como para Moro el arte tiene estatus propio; es novia o diosa que no admite substitutos. En este sentido, se ubican dentro de la tradición literaria iniciada por los románticos a inicios del S. XIX, y que desarrolló especialmente en Francia a través de la obra de Baudelaire, Lautreamont, Rimbaud, Mallarmé. Las vanguardias supusieron el último (o penúltimo) escalón en el proceso de desintegración de la realidad, de interiorización del proceso creativo, hasta el punto de perder toda referencia formal con la así llamada realidad. Uno de los mecanismos compositivos más usuales de esta poesía es la desintegración del YO enunciador del discurso. Se trata de un Yo partido, dividido, como en los cuadros cubistas donde no existe una entidad única organizadora de la composición.
De manera semejante al dolor, el amor aflora en sus versos con la intensidad visionaria del deseo y la melancolía. Pero el amor en Westphalen no es personal. En su tendencia a anular el YO -en oposición al incisivo y estridente YO modernista-, el poeta se hace eco de todas las voces, de todos los YO. Por eso un crítico ha afirmado correctamente que en esta poesía no existen referentes culturales o temporales específicos y que, más bien, se remonta a un inconsciente colectivo.
El creador que persigue alcanzar lo absoluto concluye necesariamente en el silencio. La totalidad inmutable y eterna es solo alcanzable en el silencio del místico o después de la muerte (Santa Teresa, Fray Luis, San Juan de la Cruz). Y hacia allá se dirigió la voz del poeta. A pesar de que en su juventud creyó en la posibilidad de eliminar la muerte a través del amor, en sus años finales, tal esperanza fue abandonada. El deseo único en su poesía última consistió simplemente en vivir la vida de cada día personalmente, intensamente, de tal modo que, cuando la muerte arribara, encontraría al poeta olvidado de ella, encarnado de vida. Más aún, Westphalen desarrolló una teoría particular del mito del eterno retorno: la muerte no como final, sino como renacimiento, la barca que llegada a la mar remonta la corriente del río. Aquí las sombras de la muerte no son caóticas o informes, sino semejantes a la amorosa tiniebla que rodea en el útero materno a los que pronto van a nacer.
¿Estará el poeta entonces en el seno de una Madre eterna, bañado por regeneradoras aguas, dando comienzo a una nueva vida? ¿O sólo tendremos la presencia perdurable de su recuerdo, sus escritos, su poesía sagrada? Eso lo decidirás tú, lector amable que lees estas líneas, “en cuyas manos están tanto la ley como el arbitrio del porvenir” (Horacio dixit).