LA TEMPESTAD DE JUAN MANUEL DE PRADA
PREMIO PLANETA 1997
La concesión del Premio Planeta en los últimos cuatro años suscitó un coro de protestas, debido al carácter de escritores consagrados de quienes había recaído el premio (1993, M. Vargas Llosa; 1994, C. J. Cela) o de personajes populares de la televisión (1995, otorgado a Fernando Delgado, y 1996 a Fernando Schwartz -que son algo así como el Martínez Morosini y el Rulito Pinasco de la televisión española) que, en cierto modo, aseguraban el éxito de ventas. Esta vez se entrega nuevamente el premio, por fin, a un novel escritor que da sus segundos pasos con seguridad y galanura.
La tempestad (nov. 1997, 326 p.) de Juan Manuel de Prada (Vizcaya, 1970) está inscrita dentro del género policial, aunque sus páginas abarcan amplias y lúcidas reflexiones que lo vinculan al campo artístico, ya que las historias de la novela se engarzan alrededor del famoso cuadro de Giorgione de igual título, pintado hacia 1505.
Alejandro Ballesteros es un profesor español de arte que ha escrito su tesis doctoral sobre La tempestad, y ha llegado a Venecia en pleno invierno en la víspera de los carnavales gracias a una beca de estudios concedida por su universidad. Apenas arribado, es testigo involuntario de una muerte que durante cuatro días lo mantendrá acesante y en vilo por tratar de descubrir a los asesinos. Al mismo tiempo participa del conocimiento y trato de una muchacha que ama su ciudad y de quien él se enamora perdidamente.
Toda la grandeza y belleza de la ciudad italiana del Adriático asoma en estas páginas; también toda la suciedad y podredumbre, la ruina física de una urbe anfibia que se abre al turismo como una tarjeta postal u objeto de consumo, pero que para sus habitantes constituye sólo una ciudad moribunda a la que tratan inútilmente de alargar la agonía.
Porque Venecia con sus canales y góndolas, la Plaza de San Marcos y sus palacios, sucumbe al expolio de sus obras de arte, al incesante trabajo de sustitución de los cuadros originales por inescrupulosos artistas conocedores de la técnica del quatrocento o cinquecento. La tempestad de Giorgione no es la excepción.
Detrás de la aparente indiferencia de la mujer desnuda que amamanta un niño, del paseante ataviado a la usanza de la época que la contempla, de los árboles encrespados por el aire que sugieren la presencia de una absoluta desolación y del rayo que, en medio de un cielo encapotado, cae como una cicatriz, se encuentra todo el misterio de los personajes y la ciudad.
Esta novela es también una constante reflexión sobre hermenéutica pictórica. El valor de una obra depende de su capacidad de provocar en el espectador un pathos, una emoción, independientemente de las interpretaciones intelectualistas que se hagan sobre ella. Chiara, la imposible muchacha veneciana, lo expresa con suma claridad: “El arte que requiere de elabores intelectuales para su disfrute no es verdadero arte. Un cuadro que precisa explicaciones no es un buen cuadro: podrá ser un ejemplo de virtuosismo, un calculado jeroglífico, pero no un buen cuadro; una vez entendidas sus claves, podremos traducirlo, pero seguirá sin emocionarnos. No hay verdedro arte sin emoción, y La Tempestad, por fortuna, nos emociona por sí misma, sin recurrir a cábalas” (p. 241).
Cuando es insostenible una presencia en un lugar sólo queda el retiro o abandono, la vuelta a casa. A la distancia los recuerdos afloran. Cada uno de las personas conocidas en la vecchia cittá afloran en los ojos de la memoria de Alejandro Ballesteros. Pero, lo más importante ha sido la muchacha cuya impronta lo ha de marcar por toda la vida.