LAS CARTAS DE TARZÁN, JANE Y ALFREDO BRYCE
Seguramente el título no es lo mejor de esta novela que se anuncia como de humor, aunque sería mejor designarla tragi-cómica, o, mejor aún, introspectiva. Y no es que de tanto en tanto no aparezca alguna nota risueña en la vida de Juan Manuel Carpio, el limeñísimo exiliado protagonista de “La amigdalitis de Tarzán” (Peisa, 1998, 225 p.), ni en la de Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, la salvadoreña pareja epistolar de Carpio, sino que el argumento y los contenidos de la novela nos anuncian a un Alfredo Bryce que va mostrando que la curva de los años no avanza en vano.
Lo original de “La amigdalitis” se sitúa no tanto en los ingredientes de una poética ya por todos conocida: antirromántica, por momentos tierna, ácida, cosmopolita; sino en la organización y presentación de los materiales narrativos. Se trata de una novela epistolar, género literario que tuvo un gran desarrollo en el S. XVIII en autores como Richardson, Goethe (Werther), Choderlos de Laclos (Les liaisons dangereuses) y, en el S. XIX, con Balzac (Memorias de dos jóvenes esposas) y Juan Valera (Pepita Jiménez).
Es una hermosa novela sobre la amistad y el amor. Esta vez el protagonista no es el escritor Pedro Balbuena de “Tantas veces Pedro”, ni el Martín Romaña de “La vida exagerada” y “El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz”, ni Felipe Carrillo de “La última mudanza...”, ni el profesor Max Gutiérrez de “Reo de nocturnidad”; sino el cantautor peruano Juan Manuel Carpio.
La continua utilización de la canción popular en sus novelas anteriores anunciaban, de alguna manera, a Carpio. Y es que las letras de “El plebeyo” de Felipe Pinglo, “Ódiame” o el bolero “Dos almas” -por nombrar sólo algunas de las varias composiciones del acervo popular citadas- son rasgos que permiten caracterizar mejor los rasgos culturales peruanos -junto con el léxico, las frases coloquiales, los giros idiomáticos. El crítico Aníbal González lo considera uno de los indicios más fuertes de la actitud sentimentalista de Bryce.
Por otro lado, la fuerte presencia de los personajes femeninos en la novelística bryceana (Sophie en “Tantas veces...”, Inés y Sandra en “La vida exagerada...”, Octavia en “El hombre que hablaba...”, Eusebia y Genoveva en “La última mudanza...”, Ornella Manuzio y Claire en “Reo de nocturnidad”) ha desembocado, finalmente, en un personaje rico, complejo y humano como es Fernanda María (Maía, Mía) o Fernanda Tuya. Los largos monólogos o digresiones del narrador personaje de sus anteriores novelas ceden el espacio narrativo a una Fernanda que no escribe a un amante o ex-amante, sino a alguien que es su alter ego y se ha corporeizado en ella, en una palabra, a su propia conciencia.
Y aquí reside uno de los rasgos más destacables de la obra: la continua adecuación de caracteres y expectativas, a pesar del tiempo y la distancia. La escritura como forma de ser y de estar. No el fax ni el correo electrónico (que Fernanda rechaza absolutamente): la carta, los rasgos escriturales que permiten la reflexión y el ahondamiento de la personalidad.
Si se contabilizan los meses que pasan juntos Juan Manuel y Fernanda en medio de gotas de garúa y borrascas, no exceden de los dos años; mientras que la correspondencia epistolar supera ampliamente las dos décadas. Como lo dice el propio Juan Manuel Carpio, en un segundo nivel de ficción (pues es un personaje que juzga su propio pasado), “Tener que pensar, ahora, al cabo de tantos, tantísimos años, que en el fondo fuimos mejores por carta.”
Muchos otros temas están presentes en “La amigdalitis”. Por razones de espacio sólo citaremos: el intento por expresar el carácter pluricultural y étnico del Perú (el narrador se presenta como nieto de migrantes andahuaylinos y puneños en la capital, de rasgos aindiados); la crónica de los dolorosos años vividos en los años setenta y ochenta en El Salvador, por la presencia de la subversión, con el consiguiente caos y zozobra no sólo para sus habitantes, sino para quienes se vieron forzados al exilio.
Leer a Bryce es algo más que acercarse a sonreír. Como alguna vez lo ha afirmado, el humor no constituye una actitud escapista o irresponsable: es una manera de ahondar y mostrar la realidad de una manera sutil e insospechada. En los diálogos de Tarzán y Jane, sin embargo, hay algo más que ironía: la persistencia del diálogo, una necesidad visceral de la convivencia y de saberse necesario el uno al otro. El escritor que siempre se redescubre.