ESCRITOS SOBRE ARTE Y POESÍA

 

LAS PROSAS DE EMILIO ADOLFO WESTPHALEN

 

            En 1969, refiriéndose a Los anteojos de azufre, recopilación de las prosas de César Moro, decía Álvaro Mutis: es “el más lúcido instrumento de examen y crítica (...) en nuestra América presente”. Similar consideración expresa Luis Jaime Cisneros en las palabras prologales a Escritos varios sobre arte y poesía (FCE, dic. 1996, 435 pp.), selección de artículos de Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911) aparecidos a lo largo de siete décadas en revistas del medio y del extranjero: “Con certeza, este libro constituye un documento del que no podrá prescindirse al escribir nuestra historia cultural del siglo XX”.

            La gloria de Westphalen fue por largos años producto de la escritura de dos pequeñas plaquetas editadas en los años 1933 y 1935. Las ínsulas extrañas y Abolición de la muerte han pasado a formar parte de la memoria de numerosos amantes de la poesía. Después de un prolongado silencio de más de tres décadas (1940-1972) el poeta fue entregando a lo largo de los años ochenta -y hasta hace muy poco- nuevas colecciones hasta conformar un total de nueve que se han reunido en sucesivas recopilaciones ya en Otra imagen deleznable... (México, 1980),  Belleza de una espada clavada en la lengua (Lima, 1986) y Bajo zarpas de la quimera (Madrid, 1991). Sin embargo, la actividad crítica no decreció; en el mentado período de silencio dirigió aquí en Lima dos de las más prestigiadas revistas en el ámbito continental: Las Moradas (1947-1949) y Amaru (1967-1971).

            Para Westphalen la actividad crítica es complementaria de la actividad poética. El ojo avizor, la admiración ante lo auténtico y distinto, se patentiza en sus distintos artículos publicados desde su adolescencia. En el Mercurio peruano, correspondiente a enero-febrero de 1929, daba a conocer, a los 17 años, su primer trabajo sobre la obra filosófica de José Ortega y Gasset. En esta misma revista publicaba poco después su primer poema.

            Escritos varios reúne un total de 58 artículos de diversa temática, con especial predominancia de los artísticos y poéticos. Son apreciaciones críticas, declaraciones motivadas por una incondicional admiración, o también, por su disconformidad con ciertas poéticas. Westphalen no es persona que se abstenga de emitir consideraciones adversas si lo estima necesario. No hace falta más que leer la tremenda diatriba contra el poeta chileno Vicente Huidobro, a raíz de una célebre polémica del año 35, o su opinión acerca de la poesía de Chocano. Al igual que Moro, admira la figura silenciosa y prístina de Eguren en quien reconoce una filiación espiritual.

            La poesía no es sólo oficio, es compromiso y vida. Por eso, a pesar de la actividad iconoclasta del período 1935-1939 (que se patentiza en los poemas y textos publicados por Coyné en Cuál es la risa, su apoyo a la República española -que le valió pasar algunas semanas en mazmorras- y la publicación de la revista El uso de la palabra), Westphalen ha adoptado una profunda y absoluta moralidad: ser fiel a sí mismo hasta las últimas consecuencias, ajeno a escuelas o cánones de cualquier naturaleza.

            De ahí su continuo desacuerdo con los postulados de la escuela indigenista (= el tema pictórico debe ser el indio) propuesto por Mariátegui y Sabogal y su admiración reticente por la obra de Vallejo. En este último admira sobre todo la fuerza innovadora de Trilce. Del primero resalta su formación limeña y europea, mas no así con su posición socialista; la subordinación del arte a propósitos ideológicos lleva a Westphalen a adoptar una actitud de cuestionamiento y sospecha.

            A pesar de no haber dedicado composiciones poéticas al tema social (existe alguna excepción en los treinta) o indígena, Westphalen admira en Arguedas los “aspectos míticos y poéticos de su obra” y reconoce su “Envidiable destino: poseer un doble instrumento de captación de la vida y del universo”. En correspondencia a la dedicatoria que le tributó en El zorro de arriba y el zorro de abajo, Westphalen hizo lo propio en la serie “El niño y el río” en 1984.

            En cambio, no se exime de adjetivos laudatorios cuando se trata de artistas innovadores y que se encuentran siempre a la búsqueda del misterio y lo desconocido. Y así afloran los nombres de Cézanne, Klee, Kandinsky, Ernst, Picasso, entre otros. Ciertamente, como lo afirma el propio poeta y resalta Luis Jaime Cisneros, no es ni crítico ni profesor; es un creador que comparte experiencias estéticas acerca de sus amores y desamores. Entre los primeros no puede dejar de mencionarse a dos de las figuras más coherentes y penetrantes de nuestro ambiente cultural: Eguren y Moro.

            Son numerosos los temas tratados, los autores comentados. Ciertamente el mundo occidental y europeo es el preferido. Como bien lo expresa Roberto Paoli: Westphalen “es un hombre totalmente de su siglo, absolument moderne.” Este su amor a la modernidad se muestra también en su interés por la mágico y mítico de las culturas precolombinas y ancestrales. Hay un párrafo dedicado a Szyszlo que transcribo por expresar su concepción de la vida y el arte: “Yo no podría definir el mito sino como las innúmeras maneras de no resolver el enigma (del hombre - del universo). La obra de arte -el poema- hacen lo mismo que el mito: echar unos rayos de luz nada más que para hacer más intensa la oscuridad”.

            Las prosas de Westphalen representan un lúcido análisis de la historia cultural de nuestra patria. Sorprende su gran cruzada por los fueros de la poesía y el arte. Casi podríamos decir que el artista vive en el mundo, pero no pertenece al mundo. En una época donde la figuración, los premios y la fama rondan por doquier, Westphalen es un ejemplo de modestia y silencio. Hay que agradecerle no sólo por sus escritos (poéticos y críticos), sino por su vida ejemplar e insobornable.