LIBROS, NARRADORES, POETAS

 

     Es siempre gratificante constatar que la producción literaria del año que concluye ha superado con creces la de los últimos años. Por encima de limitaciones económicas PEISA, Jaime Campodónico, Lluvia, el Fondo editorial de la U. C., la Biblioteca Nacional, el BCRP, entre otras editoriales y entidades, grandes y pequeñas, se han constituido en promotoras de ediciones tanto de novelas, cuentos, libros de poesía, cuanto de géneros conexos. Factor decisivo ha sido, sin lugar a dudas, la eliminación del IGV. No hay que olvidar que en los tiempos actuales, uno de los elementos del circuito literario, el lector, ha asumido un rol gravitatorio en la actividad editorial. Si queremos que se lean libros, hay que abaratar costos.

     No es tarea fácil señalar los libros sobresalientes del año pues, al igual que en una antología, operan en la selección factores necesariamente subjetivos. Adjudicar adjetivos y juicios de valor es actividad que linda con la futurología, pues se trata, un poco, de predecir los libros que han de soportar el paso del tiempo, del polvo y del olvido.

     ¿Quién puede intuir o adivinar hacia dónde se dirigirán los intereses de los lectores?, ¿cuáles son los movimientos -conscientes o inconscientes- que determinan la direccionalidad de sus intereses? A las obras literarias se puede aplicar una sentencia del poeta latino Horacio en relación al lenguaje: “Renacerán muchas palabras que ya murieron y se perderán las que ahora viven con honor, si lo quiere el uso, en cuyas manos está tanto el arbitrio como la ley y la norma del hablar”.

     Es cierto que cada época tiene sus propios conflictos e intereses. La década de la barbarie ha inspirado algunas muestras sobresalientes en la narrativa. Allí están las magistrales viñetas de Guillermo Niño de Guzmán en Una mujer no hace un verano, o algunos de los cuentos de José B. Adolph en Diario del sótano. A pesar de los buenos deseos de García Márquez de dedicar Noticia de un secuestro “con la esperanza de que nunca más nos suceda este libro”, los acontecimientos en la residencia del embajador del Japón nos recuerdan que sí pueden volver a suceder.

     Sugerimos en el relato corto: Bicho raro de Fernando Ampuero; el ya citado libro de Niño de Guzmán -que había sido proclamado por Carlos Garayar como el mejor del 95- y Cinco para las nueve y otros cuentos de Alonso Cueto. Del propio Garayar habría que nombrar Una noche, un sueño.

     Después de País de Jauja de Edgardo Rivera Martínez y La violencia del tiempo de Miguel Gutiérrez no se han publicado novelas mayores. Algunos títulos que circularon en el año que ha concluido son: Enigma de los cuerpos de Peter Elmore y la recreación histórica El tesoro de los sueños de Niño de Guzmán.

     Si bien puede observarse un denominador común en la escritura de los narradores (con preferencia por el lenguaje desenfadado y directo, uso de un léxico local, empleo de historias cercanas a nuestro tiempo), en la lírica la dispersión de intereses es muy grande. Cada poeta es una isla en sí mismo. Podemos referirnos, en todo caso, a un lenguaje de la post-modernidad, aunque algunos jóvenes aludan a una generación X, la cultura light y las autopistas de la información como sus marcas distintivas.

     Año de promesas en tiempos mejores. Después de los caóticos ochenta y de los titubeantes noventa, vamos caminando con mayor seguridad -aunque no falten los escollos en el camino- hacia el espejo de nosotros mismos.