“TALLER MEDITERRÁNEO” DE JORGE NÁJAR
De la vieja Europa nos ha llegado un pequeño libro bajo la firma de Jorge Nájar (Pucallpa, 1946). Lleva el industrioso nombre de “Taller Mediterráneo” y el pie de imprenta en Lloret de Mar, esto es, en un pequeño poblado al norte de Barcelona, en la costa catalana.
Jorge Nájar no es un desconocido en la poesía peruana. Con anterioridad a su actual libro, publicó en nuestro país “Malas maneras” (1973) y “Patio de peregrinos” (1976). En 1984 adquirió notoriedad al ganar la segunda bienal del premio Copé con “Finibus Terrae”. Y en París, donde reside, publicó en 1992 “Toile Ecrite” (Lienzo Escrito) en edición bilingüe.
Hay algo que más que descripción y remembranza en estas páginas. La alborada en la costa marina, en alguna caleta o bahía, en abril, cuando los días amanecen poblados con aires de otros tiempos, del Mare Nostrum de tantas reminiscencias en la historia, configuran un ambiente medieval. Aquí unas huellas hollan por vez primera vez la arena, en un remontarse a los tiempos primigenios: “Volviendo de otra vida -un sueño extraviado- caminas por primera vez sobre esta dársena (...) Hubo aquí un bosque de piedra, la roca negra de la historia vigilando el puerto.”
La contemplación de la arquitectura de estos pueblos
(donde las huellas de caballos cartagineses, griegos, romanos, árabes y cristanos marcaron sus calles), no le impide observar un hecho actual. Una inscripción en una pared, ”consignas condenando al infierno al que no hable la lengua del valle”, interrumpe su ensimismamiento y lo lleva a reflexionar sobre la condición humana: “el odio y el rencor”, que podría entenderse como una crítica a los chauvinismos europeos (catalán o vasco, por ejemplo).
Es singular el hecho que en medio de descripciones de pueblos y aires que se remontan a otras edades y culturas, Nájar intercale una alusión a su infancia: “los indios desembarcando en el puerto, allá en el trópico”. El poeta recuerda el arribo de algunos grupos tribales a su pueblo, acogidos por el sacerdote empeñado en su conversión, que dice dirigiéndose a uno de ellos: “Ojalá tú consigas hablar en cristiano”. Pero una vez desaparecida la evocación quedan: “el aire fragante y helado del invierno, la piedra románica del antiguo imperio, y en los corazones herméticos las consignas del viejo y nuevo orden.”
El amor canta después del invierno. Abril es primavera, tiempo de reconciliación y amor: “Y en el cuerpo de los jóvenes guerreros, el calentar de las entregas nocturnas... Bullen en el prado delicias de otra vida y el fulgor de la inminente primavera, mientras los corderos mugen en el aire aromas, esencias de cañadas, perfumes de fiestas, sus augurios. (...) Nuestras cuentas saldadas con el mundo”.
Hay una sensación de soledad y plenitud en este libro. Escribo porque existo, pareciera decir Jorge Nájar; nada me perturba e interrumpe. Ni las lejanas voces de mis lares, ni la distancia o presencia del ser querido. Vivo y contemplo lo que ocurre a mi alrededor: las casas de campo (masías) en las montañas catalanas, las orillas siempre azules del Mare Nostrum, las callejuelas de las viejas ciudades medievales, lugares propicios para envolverse tanto de soledad como de pensamientos.
Las páginas de “Taller Meditarráneo” son pulcras, como corresponde a la labor de manufactura del producto. Y es, a la vez, un diálogo a solas o monólogo en alta voz. El poeta se ve como el viajero que hurga en las calles del antiguo Condado, encaminándose hacia el encuentro de sí mismo.