MONTALBETTI: EL DEDO SOBRE LA LLAGA

 

     Hablando sobre la distinción entre historia y poesía (dramática y épica), decía Aristóteles que la diferencia estriba en el hecho de que uno dice lo que ha sucedido, y el otro, lo que podría suceder. Por este motivo -añadía- la poesía es mucho más filosófica que la historia; pues la poesía dice lo general y la historia, lo particular.

     No es la poesía un tratado filosófico, aunque podría contener enunciados filosóficos. Lo que ocurre es que, a veces, puede el poeta reflexionar sobre los temas que asedian al hombre desde que holló la tierra. La muerte y el tiempo, el amor y el sentido de la existencia, el lugar del hombre en el mundo... son algunos de estos temas. Después de una época de princesas, oros y cisnes concluye Darío el más meditativo de sus libros, “Cantos de vida y esperanza” con el poema: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, / Y más la piedra dura porque ésa ya no siente, / Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / Ni mayor pesadumbre que la vida consciente.”

     El libro de Mario Montalbetti, “Fin desierto y otros poemas” (Hueso Húmero, 1997, 81 pp.), es una muestra actual de este reflexionar del poeta sobre su ser en el mundo. “Fin desierto” es una nueva peregrinación por el infierno dantesco, otro recorrido por las flores del mal baudelerianas, una simbólica “temporada en el infierno”. A través de oscuras imágenes y multiplicidad de citas, Montalbetti recrea un mundo lleno de soledad y dolor.

     ¿Qué puede haber ocurrido para que el lingüista y filósofo reedite un libro signado por la presencia de las fuerzas de la oscuridad y la muerte? Al igual que en los casos de los narradores José Adolf, Niño de Guzmán, Carlos Herrera, Pilar Dughi, entre otros, conjeturo que el largo tiempo de sobresalto y zozobra vivido en el Perú en los últimos años.

     Para quienes dejaron del país en la década de los 80 o a inicios de los 90, la imagen que persiste es la de las muertes secretas, ataques armados, inseguridad social... Quienes han salido tienen una perspectiva distinta de los hechos -a veces más objetiva- respecto de los que se quedaron en casa; los habitantes del ande o la selva, sobre los capitalinos.

     Montalbetti -que salió del Perú a inicios de los noventa- ha unido las mortales escenas de la conflagración fraticida con un conjunto de reflexiones acerca de la condición humana: el hombre, lobo del hombre; el sinsentido de la existencia; el fin y el desierto que es el hombre mismo: “hemos caminado este desierto / todas las noches del día / y hemos ido muriendo uno a uno”.

     “Escribimos para tapar los hoyos / y reparar las faltas” dice en otro lugar el poeta: la escritura como acto de ejercitamiento de justicia, desagravio de un pecado que el poeta asume como propio, congoja y liberación, lucha contra el destino aciago del hombre, que es la muerte: “hay un ángel de barro acantonado en posición fetal / y al fondo un enemigo intolerante”.

     Aristóteles no estaba equivocado: escribir poesía es una forma de reformular el mundo existente, de proponer alternativas ficticias o reales a nuestra disconformidad. La poesía como parodia, fiesta, elegía, lugar de afirmación del poeta ante sí mismo y los suyos.