RENATO SANDOVAL Y EL VELLOCINO DE ORO
En entrevista concedida hace un año, Fernando de Szyszlo comentaba que iniciar un cuadro no es otra cosa que retomar una misma idea y atacarla o desarrollarla por otro lado. Este mismo concepto puede observarse en la música; por ejemplo en Vivaldi, de quien se dice que escribió una sola obra a través de múltiples variantes. También en la poesía ocurre un caso similar. Algunos intentan la escritura del POEMA, concreción de la entidad arquetípica. A veces los versos y estrofas que integran el poemario no son más que fragmentos cuya suma intenta perfilar el texto globalizador de una experiencia vital. Este sería el caso del “Barco ebrio” de Rimbaud, “Escrito a ciegas” de Martín Adán, “Abolición de la muerte” de E. A. Westphalen.
Las consideraciones anteriores vienen a propósito del último libro de Renato Sandoval (Lima, 1957) quien ha emprendido con “Nostos” (Ed. Nido de Cuervos, octubre de 1996) la vasta tarea de escribir un poema global y totalizador, síntesis de una experiencia de vida.
Lo primero que hay que destacar es el carácter narrativo de la composición. Son diecisiete fragmentos que se suceden unos tras otros en una escala ininterrumpida, desde el momento inicial, reflexión en torno al tiempo (“Porque he visto en tus ojos el collar del tiempo / agitándose compacto en la sustancia febril de la memoria”), hasta el momento final en el que, al igual que en “Las flores del mal” de Baudelaire, alude al tópico del viaje como imagen de la muerte (nótese la referencia a “la otra margen”): “El viaje, el viaje hacia la sangre empozada en los remansos de la gloria / tan perdida ya por el capitán intrépido que desde mi pecho otea la otra margen”.
Son numerosos los temas tratados. Desde el tiempo auroral de la creación (“Todo era uno”) pasando por la exaltación del amor, la reflexión metapoética y la referencia a lo ancestral y milenario.
Al igual que en Vallejo, la imagen de la madre (el “blanco pan”) se contrapone a la de la amada, concebida ésta en términos de desazón y molestia: “Sí que has sido siempre blanca, si material harina que apanó todos mis huesos / tú que sabes quién es la que hoy me roe el paso, / la que en el don me extirpa el aire, la luz, el arduo círculo del deseo”.
Entre los temas de la antigüedad clásica destaca el mito del vellocino de oro. Es el sueño inalcanzable, el deseo al que siempre se aspira y nunca llega: “... sueño y en el sueño Polifemo cuenta las ovejas, falsas como el infinito, risueñas porque saben que el vellocinio a nadie pertenece, / que hay otro sueño aún dormido después del mar, / y otro más en la cuenca de mis ojos; / allí está el pozo de un sueño más perfecto, / indeclinable él, / fuente de las fuentes donde agonizan todos mis deseos / porque soy un argonauta ciego en busca de ovejas despeñadas”.
“Nostos”, neologismo con amplia capacidad de sugerencia (¿nosotros? = la experiencia del hombre, ¿gnóstico? = el que profesa un conocimiento intuitivo y misterioso de las cosas) es el poemario de la totalidad, con un rico vocabulario y oscura simbología. Que Jorge Eduardo Eielson se haya referido a él como “una de las más felices realizaciones poéticas de los últimos años en nuestro país” es su mejor carta de presentación.