RICARDO SILVA EN EL LABERINTO
La labor cultural de Ricardo Silva-Santisteban (Lima, 1941) es digna de encomio. Editor de la poesía de César Moro, Eielson y Eguren, codirigió las revistas Creación y Crítica, Kuntur y, en la actualidad, dirige la colección El manantial oculto. Su obra poética se halla reunida en Terra incognita, sus estudios literarios en Escrito sobre el agua y una selección de sus traducciones en El ciervo en la fuente.
“En el laberinto” (Jaime Campodónico ed., nov. 1996, 35 pp.) no tiene vinculación directa con el tópico borgeano, sino que hunde sus raíces en lo existencial: el poeta inquiere por su ser y estar en el mundo. En medio de un intenso erotismo, donde la naturaleza y el cosmos son sus notas dominantes, Silva se debate entre la búsqueda de la luz o la caída en el abismo de los infiernos.
A la poesía se refería Platón como “esa cosa liviana, alada y sagrada”, aunque Borges puntualice que no es una definición privativa, sino que la comparte con la música. Este carácter melódico, orquestal y contrapuntístico, en el que a una voz responde otra, y donde en el desarrollo de la obra se van sucediendo diversas tesituras, tonalidades, ritmos y tempos, puede observarse en Fuego de tu fuego -primera sección del libro-, reduplicación del amor, intensificación elevada a la enésima potencia, comunión participativa, estado de gracia alcanzado después de un viaje por las profundidades o alturas del deseo y el recuerdo, del amor y la muerte: “La nubes nos cubren con sus alas / El ardor del amor es más profundo que el fuego del amor / El amor es el secreto del recuerdo / La caricia de tu cuerpo el acceso a lo infinito / (...) / Oh música expandida en las estelas de los astros”.
Omar Jayyam conoce los goces y desdichas del amor -título de la sección segunda- nos recuerda que hace poco más de un año Silva participó en una nueva traducción de los Rubaiyat al castellano. Así como la noción de progreso en el arte es una idea bárbara (Miró decía -irónicamente- que desde Altamira la pintura no había hecho más que degradarse), las llamadas influencias muchas veces no son más que muestras del diálogo intertextual entre autores y textos de diversas épocas (Bajtin hablaba de dialogismo y polifonía y Borges señalaba, por su parte, que los grandes creadores crean su propia prehistoria).
A través de cuartetos alejandrinos Silva retoma algunos de los temas del clásico persa: la fugacidad del tiempo, la descreencia metafísica, el alcohol y el erotismo como refugio y arma contra la conciencia de la futilidad de la vida: “Al llegar el instante de mezclar nuestras copas / vendrá luego el amor y los besos ocultos; / sé feliz con tu vida y colma tus deseos / que al fin descenderemos al centro de la tierra.”
La tercera y última sección (que da título al libro) está conformado por ocho poemas, algunos de ellos de un delicado lirismo. Podríamos decir que se trata de variaciones libres sobre los temas nombrados con anterioridad.
La conciencia del camino recorrido, el sinsabor de las amarguras, la distancia de la juventud y cercanía de la muerte, nos muestran a una conciencia angustiada que se sabe perdida, extraviada en el Laberinto. (El amor debería ser el elemento purificador, salvífico, hilo de Ariadna que lleva hacia la luz y la salvación.)