E. RIVERA MARTÍNEZ: EL PARAÍSO RECUPERADO
Edgardo Rivera Martínez (Jauja, 1933) posee una amplia
obra cuentística dada a conocer en “El unicornio” (1963), “Azurita” (1978), “Historia de Cifar y Camilo” (1978) y “Ángel de Ocongate y otros cuentos” (1986). En 1982 ganó el concurso de cuentos organizado por la revista Caretas, y publicó en 1983 su primera novela, “País de Jauja”, que fue recepcionada calurosamente por la crítica.
A la hora de la tarde y de los juegos (Peisa, nov. 1996, 91 pp.) es un conjunto de 23 breves relatos con marcado contenido autobiográfico, ambientados todos en la patria del autor. Sin dejar de ser textos andinos, los cuentos trascienden los linderos del regionalismo para inscribirse en el amplio mundo de las vivencias infantiles, pues constituyen, ante todo, una reconstrucción del paraíso perdido de la infancia.
Por ello, el recurso recurso narrativo constante es la evocación, con un lenguaje entre descriptivo y poético: “A la hora convenida, muy puntual, me dirigía por encargo de mi madre al horno del señor Montalvo...” (“El horno”); “Estudiaba yo el primero de primaria en el colegio de monjas de mi ciudad natal...” (“Palomino tiene 40 mujeres”); “Me acuerdo bien que lo trajo a casa esa mujer anciana, quizá un día de julio, cuando yo era niño.” (“Elegía menor”); “En las esquinas de la plaza mayor, en las de Santa Isabel, y en otros puntos de la ciudad, se alzaban las fuentes que nos daban agua...” (“Las fuentes de Jauja”).
Cualquier anécdota infantil da pie al relato: la preparación de unos bizcochuelos, el gato recién traído a casa, la Navidad y Semana Santa, algún visitante extraordinario en el pueblo, los compañeros de juegos, la ejecución de algunas piezas musicales en la iglesia, el mundo animal y vegetal andino, entre otros. La narración en primera persona, mención de nombres y lugares, la referencia a fuentes bibliográficas conocidas, contribuyen a hacer mucho más vívidas y cercanas las historias, al punto de dudar el lector si no se encuentra frente a un recuento de hechos efectivamente acaecidos.
Al mismo tiempo que textos artísticos, los cuentos son valioso testimonio de la realidad sociocultural de Jauja, donde el autor no puede soslayar el amor al terruño, a la original simbiosis entre lo nativo e hispánico, la naturaleza tan pródiga de las “tierras de agosto”, las mieses doradas por el sol.
De las tres edades simbólicas del hombre, la tercera establece una relación más estrecha con la primera: el deseo de perpetuación halla su asidero en la infancia al encontrarse cercano el fin. De los dos paraísos (el celeste y el terreno) está claro que Rivera prefiere el segundo.
A la hora de la tarde y de los juegos sugiere muy bien el doble nivel de lectura del libro: la hora próxima a las sombras (“He llegado a Jauja muy de noche... He ingresado a mi casa... se ve tan sola, ahora en que han muerto todos y soy el único que queda”), pero también la hora del alba, el nacimiento de la nueva vida: “La mañana es despejada. Maite... con todo el asombro de sus tres años mira a un picaflor... Maite sonríe.” La tarde es, por ello, el encuentro simbólico del tiempo; hora de esperanza para todos: “Y escucha sin duda, ella también, una voz que le avisa que es hora de la tarde, y por lo tanto de juegos, de luz, de alegría”.