UMBERTO JARA, EL TESTIGO

                

     La nueva crónica periodística, “ese género que permitió unir el arte de la narrativa con los afanes de la noticia”, tiene en Umberto Jara (Huamanga, 1959) a un sobresaliente representante. Graduado en leyes en las aulas de la U. Católica, cruzó su Rubicón en 1988, dejando atrás la toga por el teclado de una computadora. Desde entonces ha pasado por la mesa de redacción de Debate, Perú Económico, Expreso, habiendo llegado a director del programa televisivo “Panorama”.

     “Con ojos de testigo” (Página uno editores, diciembre de 1996, 214 pp.) reúne 32 crónicas -entre éditas e inéditas- organizadas en cuatro secciones, con temas tan diversos como el fenómeno subversivo; el conflicto bélico con el vecino del norte; notas y confesiones de escritores y artistas (Borges, T. Capote, Onetti, Bryce, A. Cisneros y J. M. Tola); reportajes e informes sobre algunos hombres del espectáculo deportivo (A. Senna, Maradona, Didí, El Veco, Popovic); y una sección miscelánea con temas varios.

     Con los artículos de Jara nos encontramos frente al arte de contar, no relatos ficcionales (que no ocurrieron), sino historias efectivamente acaecidas. Contarlas de tal modo que el lector “conozca y viva lo sucedido”, como bien dice García Márquez, maestro de ambos géneros.

     Para quienes nos hemos formado en el mundo de las letras, la crónica periodística semeja ser la hermana pequeña del relato de ficción, y que, al igual que los textos publicitarios que hacen uso de recursos poéticos, comparte técnicas del cuento y la novela. Pero no hay que pedir peras al olmo: la narración periodística, por convención del género, exige fidelidad a lo acontecido, una dosis de verosimilitud rayana en la fotografía que puede mostrar tanto la figura de cuerpo entero como los pliegues de una frente.

     Y así, las crónicas de Jara describen lo más angustioso de la existencia como es el dolor y el sufrimiento, la muerte en una guerra, la ida y vuelta del infierno. Este es el informe sobre un ex-combatiente del Cenepa: “el barro saltando por los aires con los pedazos de fierro de los morteros estrellándose contra los árboles; el piso que tiembla bajo tus pies; las minas invisibles desapareciendo para siempre una pierna, un brazo; los helicópteros tronando sobre las cabezas para descargar una enloquecida metralla en todas direcciones; el frío de la madrugada hincando los cuerpos tendidos en el lodazal; los gritos, la sangre...”

     Hablando de Klaus Kinski, afirma que el mejor recuerdo que deja “no son sus películas, ni su trayectoria, ni sus opiniones, sino esa bella criatura llamada Nastassia”. De Borges, que “está en los años futuros en que seguirá vigente a pesar de su imposible deseo de ser olvidado”.      Pero también comenta algunas verdades simples de la vida, como ésta sobre arqueros y arcos: “Todos sabemos que, en la infancia, al arco no se va por elección propia sino porque no queda otra. Es `o ese puesto o nada’. (...) El bueno de Oswaldo era uno de esos arqueros; estaba allí como están en las orquestas los que tocan las maracas: porque son amigos y no pueden quedar ausentes de la fiesta”.

     Escrito con convicción y estilo, “Con ojos de testigo” ofrece una nueva manera de presentar la crónica periodística: con pasión, emoción y realismo. Posiblemente de esa manera los lectores participemos más cerca de la noticia: viviendo las vidas de sus protagonistas. Y en esa labor de encantamiento el redactor es el que tiene la palabra.