UN SIGNIFICATIVO NÚMERO DE TÍTULOS

 

     De un tiempo a esta parte la producción editorial en el Perú ha alcanzado un número significativo de títulos. Aunque no contamos con cifras estadísticas, ha sido grato encontrar cada semana una nueva edición en librerías. Ya no nos quejamos por la falta de ediciones, nuestro reclamo es ahora por la calidad y variedad de las obras editadas.

     Convendría hacer a este respecto dos tipos de observaciones. En primer lugar, con relación al aspecto material: clase de papel, tapas, tipos de imprenta. Los editores van entendiendo al libro como objeto físico, el valor de mercancía del producto. El otro aspecto se refiere, obviamente, a los contenidos expuestos, a la calidad intrínseca de las obras. Y se observa una diversidad de propuestas de la más variada índole, de los más diferentes gustos y orientaciones.

     Como ya lo hemos afirmado, la secuela del terror ha dejado una impronta muy profunda en la conciencia social. Esto se refleja en los creadores. Poemarios como los de Mario Montalbetti (“Fin desierto y otros poemas”), libros de cuentos como el de Leyla Bartet (“Ojos que no ven”), novelas como la de Óscar Colchado (“Rosa Cuchillo”)  sólo pueden entenderse a partir de la presencia continua y soterrada de un tiempo que queremos sentir cada vez más distante y lejano.

     Una actitud muy distinta se observa en algunos jóvenes que no se han hecho eco de aquellos sucesos, y que presentan una actitud desenfada y alegre, como es el caso de Martín Rodríguez-Gaona y su poemario Pista de baile.

     El panorama es más complejo en la narrativa. En este caso lo más resaltante se encuentra en los aportes de las narradoras. A los nombres de Pilar Dughi (“Ave de la noche”) y Leyla Bartet, habría que añadir los de Zelideth Chávez (“Mujeres de pies descalzos”) y Laura Benetti (“Secreto profesional”).

     Fernando Ampuero, Guillermo Niño de Guzmán y Alonso Cueto se reafirman como nuestros narradores de mayor fuste, aunque todavía no han producido la novela o el libro que pueda considerarse el capolaboro, la obra maestra que pueda resumir (y justificar) una vida dedicada a las letras. Por su parte, José Antonio Bravo presentó una novela histórica de gran envergadura (“La quimera y el éxtasis”) y Carlos Eduardo Zavaleta dos nuevas novelas (“Pálido, pero sereno” y “El precio de la aurora”) y dos recopilaciones (cuentos completos y artículos varios). “Rosa Cuchillo” es otra original novela inscrita en el mágico-realismo andino, debida a la firma de Óscar Colchado.

     Nuestros novelistas mayores Vargas Llosa y Bryce presentaron dos propuestas. En el caso del primero, “Los cuadernos de don Rigoberto” ha mostrado al escritor desde una faceta estetizante. Al ofrecer al mundo del arte como parte exclusiva de un mundo privado, Vargas Llosa parece haber olvidado el sentido de comunicación social que éste cumple.

     Bryce vuelve de manera persistente sobre sus leit motiv de siempre: el desencanto, la soledad, la búsqueda de afecto (“Reo de nocturnidad”). Mucho más importante y original nos parece la recopilación de sus artículos reunidos en “A trancas y barrancas”.

     En la pulsión entre autonomía e historicidad la literatura y el arte van avanzando a lo largo del tiempo. Todavía esperamos la novela, poemario o drama maestro representativo de nuestra época. Nación en formación, país en germen, faltan todavía años para vislumbrar una cierta consistencia y solidez en los ideales nacionales. Entre tanto, los artistas nos dan la sintomatología del proceso.